Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 35
—¡Ah! —grito, aunque realmente no me importa.
—Me vuelves loco —me susurra—. Así que te voy a volver loca yo a ti.
Está sobre mí ahora, el peso apoyado en los codos, y centra su atención en mis pechos. Morder, chupar,
hacer rodar los pezones entre los índices y los pulgares… todo para sacarme de mis casillas. No se detiene. Es
enloquecedor. Oh. Por favor. Su erección se aprieta contra mí.
—Christian… —le suplico, y siento su sonrisa triunfante contra mi piel.
—¿Quieres que te haga correrte así? —me pregunta contra mi pezón, haciendo que se ponga aún más duro
—. Sabes que puedo. —Succiona el pezón con fuerza y yo grito porque un relámpago de placer sale de mi
pecho y va directo a mi entrepierna. Tiro indefensa de las esposas, abrumada por la sensación.
—Sí —gimoteo.
—Oh, nena, eso sería demasiado fácil.
—Oh… por favor.
—Chis.
Me araña la piel con los dientes mientras se acerca con los labios a mi boca y yo suelto un grito ahogado.
Me besa. Su hábil lengua me invade la boca saboreando, explorando, dominando, pero mi lengua responde a
su desafío retorciéndose contra la suya. Sabe a ginebra fría y a Christian Grey, que huele a mar. Me coge la
barbilla para sujetarme la cabeza.
—Quieta, nena. Quiero que estés quieta —me susurra contra la boca.
—Quiero verte.
—Oh, no, Ana. Sentirás más así. —Y de una forma agónicamente lenta flexiona la cadera y entra
parcialmente en mi interior. En otras circunstancias inclinaría la pelvis para ir a su encuentro, pero no puedo
moverme. Él sale de mí.
—¡Oh! ¡Christian, por favor!
—¿Otra vez? —me tienta con la voz ronca.
—¡Christian!
Empuja un poco para volver a entrar y se retira a la vez que me besa y sus dedos me tiran del pezón. Es
una sobrecarga de placer.
—¡No!
—¿Me deseas, Anastasia?
—Sí —gimo.
—Dímelo —murmura con la respiración trabajosa mientras vuelve a provocarme: dentro… y fuera.
—Te deseo —lloriqueo—. Por favor.
Oigo un suspiro suave junto a mi oreja.
—Y me vas a tener, Anastasia.
Se yergue sobre las rodillas y entra bruscamente en mí. Grito echando atrás la cabeza y tirando de las
esposas cuando me toca ese punto tan dulce. Soy todo sensación en todas partes; una dulce agonía, pero sigo
sin poder moverme. Se queda quieto y después hace un círculo con la cadera. Su movimiento se expande por
todo mi interior.
—¿Por qué me desafías, Ana?