Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 337
—¡Señora Grey! —Justo cuando se cierran las puertas del ascensor, le veo derrapar por el vestíbulo—.
¡Ana! —grita incrédulo. Pero es demasiado tarde; las puertas acaban de cerrarse y desaparece de mi vista.
El ascensor baja suavemente hasta el garaje. Tengo un par de minutos de ventaja sobre Sawyer. Sé que va
a intentar detenerme. Miro con nostalgia mi R8 mientras corro hacia el Saab, abro la puerta, dejo caer las
bolsas en el asiento del acompañante y me siento en el del conductor.
Enciendo el motor y las ruedas chirrían cuando me dirijo a toda velocidad a la entrada, donde tengo que
esperar once segundos agónicos a que se levante la barrera. En cuanto lo hace salgo rápidamente y veo por el
espejo retrovisor a Sawyer que sale corriendo del ascensor de servicio. Su expresión perpleja y dolida se
queda grabada en mi cabeza cuando enfilo la rampa que lleva a la Cuarta Avenida.
Suelto por fin el aire; he estado conteniendo la respiración todo el tiempo. Sé que Sawyer llamará a
Christian o a Taylor, pero ya me enfrentaré a eso cuando sea necesario. No puedo pensar en ello ahora. Me
revuelvo incómoda en el asiento sabiendo en el fondo de mi corazón que Sawyer probablemente acaba de
perder su trabajo. No pienses. Tengo que salvar a Mia. Tengo que llegar al banco y sacar cinco millones de
dólares. Miro por el espejo retrovisor, esperando encontrar el todoterreno saliendo del garaje, pero cuando me
alejo conduciendo no veo ni rastro de Sawyer.
El banco es un edificio elegante, moderno y sobrio. Hay voces amortiguadas, suelos que hacen eco al andar y
cristales verde pálido con grabados por todas partes. Me dirijo al mostrador de información.
—¿En qué puedo ayudarla, señora? —La mujer joven me dedica una amplia pero falsa sonrisa y por un
segundo me arrepiento de haberme puesto los vaqueros.
—Me gustaría retirar una gran cantidad de dinero.
La señorita Sonrisa Falsa arquea una ceja aún más falsa.
—¿Tiene una cuenta con nosotros? —No es capaz de ocultar su sarcasmo.
—Sí —respondo—. Mi marido y yo tenemos varias cuentas aquí. Se llama Christian Grey.
Abre mucho los ojos durante un segundo y la falsedad da paso a la consternación. Me mira de arriba abajo
una vez más, ahora con una combinación de asombro e incredulidad.
—Por aquí, señora —me susurra, y me lleva a una oficina con más cristal verde pálido, pequeña y con
pocos muebles—. Por favor, siéntese. —Me señala una silla de cuero negro que hay junto a un escritorio de
cristal con un ordenador ultramoderno y un teléfono—. ¿Cuánto quiere retirar hoy, señora Grey? —me
pregunta con amabilidad.
—Cinco millones de dólares. —La miro directamente a los ojos como si pidiera esa cantidad de efectivo
todos los días.
Ella palidece.
—Ya veo. Voy a buscar al director. Oh, perdone que le pregunte, ¿tiene alguna identificación?
—Sí. Pero me gustaría hablar con el director.
—Claro, señora Grey —dice y sale apresuradamente.
Me acomodo en el asiento y noto una oleada de náuseas cuando la pistola me presiona incómodamente el
final de la espalda. Ahora no. No puedo vomitar ahora. Inspiro hondo y la náusea pasa. Miro el reloj
nerviosamente. Las dos y veinticinco.