Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 328
—Excepto cuando la necesitas.
—No la necesito a ella. Te necesito a ti.
—Ayer no. Esa mujer es un límite infranqueable para mí, Christian.
—Está fuera de mi vida.
—Ojalá pudiera creerte.
—Joder, Ana.
—Por favor, deja que me vista.
Suspira y vuelve a pasarse una mano por el pelo.
—Te veo esta noche —dice con la voz sombría y desprovista de sentimiento.
Y durante un breve momento quiero cogerle en mis brazos y consolarle, pero me resisto porque estoy muy
furiosa. Se gira y se encamina al baño. Yo me quedo de pie petrificada hasta que oigo cerrarse la puerta.
Voy tambaleándome hasta la cama y me dejo caer. No he recurrido a las lágrimas, los gritos o el asesinato,
ni tampoco he sucumbido a sus tentaciones sexuales. Me merezco la Medalla de Honor del Congreso, pero
me siento muy triste. Mierda. No hemos resuelto nada. Estamos al borde del precipicio. ¿Está en riesgo
nuestro matrimonio? ¿Por qué no entiende que ha sido un gilipollas completo e integral por haber salido
corriendo a ver a esa mujer? ¿Y qué quiere decir con que no la va a ver de nuevo? ¿Y cómo demonios se
supone que debo creerle? Miro el despertador: las ocho y media. ¡Mierda! No quiero llegar tarde. Inspiro
hondo.
—El segundo asalto ha quedado en tablas, pequeño Bip —susurro dándome una palmadita en el vientre—.
Puede que papá sea una causa perdida, pero espero que no. ¿Por qué, Dios mío, por qué has llegado tan
pronto, pequeño Bip? Las cosas estaban empezando a mejorar. —Me tiembla el labio, pero inspiro hondo
para sacar fuera todo lo malo y mantener bajo control mis revueltas emociones.
—Vamos. Vámonos corriendo al trabajo.
No le digo adiós a Christian. Todavía está en la ducha cuando Sawyer y yo nos vamos. Miro por la ventanilla
oscura del todoterreno y empiezo a perder la compostura; se me llenan los ojos de lágrimas. El cielo gris y
amenazante refleja mi estado de ánimo y una extraña sensación de mal presagio se apodera de mí. No hemos
hablado del bebé. He tenido menos de veinticuatro horas para asimilar la noticia de la llegada de pequeño
Bip. Christian ha tenido todavía menos tiempo.
—Ni siquiera sabe tu nombre —digo acariciándome el vientre y enjugándome las lágrimas de la cara.
—Señora Grey —dice Sawyer interrumpiendo mis pensamientos—, hemos llegado.
—Oh, gracias, Sawyer.
—Voy a acercarme a por algo de comer, señora. ¿Quiere algo?
—No, gracias. No tengo hambre.
Hannah tiene mi caffè latte esperándome. Lo huelo y el estómago se