Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 329

Asiento y me escabullo hacia la seguridad de mi despacho. Mi BlackBerry vibra. Es Kate. —¿Por qué estaba Christian buscándote? —me pregunta sin preámbulos. —Buenos días, Kate. ¿Cómo estás? —Déjate de rodeos, Steele. ¿Qué pasa? —La santa inquisidora Katherine Kavanagh empieza su trabajo. —Christian y yo hemos tenido una pelea, eso es todo. —¿Te ha hecho daño? Pongo los ojos en blanco. —Sí, pero no como tú piensas. —No puedo tratar con Kate en este momento. Sé que acabaré llorando, y ahora mismo estoy demasiado orgullosa de mí misma para derrumbarme esta mañana—. Kate, tengo una reunión. Te llamo luego. —Vale, pero ¿estás bien? —Sí. —No—. Te llamo luego, ¿de acuerdo? —Perfecto, Ana, hazlo a tu manera. Estoy aquí para ti. —Lo sé —susurro y me esfuerzo por reprimir la emoción repentina que siento al oír sus amables palabras. No voy a llorar. No voy a llorar. —¿Ray está bien? —Sí —susurro. —Oh, Ana —murmura ella. —No. —Vale. Hablamos después. —Sí. Durante la mañana compruebo de vez en cuando mi correo, esperando recibir noticias de Christian. Pero no hay nada. Según va avanzando el día me doy cuenta de que no tiene intención de ponerse en contacto conmigo porque todavía está furioso. Perfecto, porque yo también estoy furiosa. Me lanzo de cabeza al trabajo, parando solo a la hora del almuerzo para comerme un bagel con queso cremoso y salmón. Es increíble lo que mejora mi humor después de haber comido algo. A las cinco Sawyer y yo nos vamos al hospital a ver a Ray. Sawyer está especialmente vigilante y más amable de lo normal. Es irritante. Cuando nos aproximamos a la habitación de Ray, se acerca a mí. —¿Quiere un té mientras visita a su padre? —me pregunta. —No, gracias, Sawyer. Estoy bien. —Esperaré fuera. —Me abre la puerta y agradezco poder apartarme de él unos minutos. Ray está sentado en la cama leyendo una revista. Está afeitado y lleva la parte superior de un pijama… Vuelve a parecerse a sí mismo antes del accidente. —Hola, Annie. —Me sonríe, pero de repente su cara se hunde. —Oh, papi… —Corro a su lado y, en un gesto muy poco propio de él, abre los brazos para abrazarme. —¿Annie? —susurra—. ¿Qué te pasa? —Me abraza fuerte y me da un beso en el pelo. Mientras estoy entre sus brazos me doy cuenta de lo escasos que han sido estos momentos entre nosotros. ¿Por qué? ¿Por eso me gusta tanto encaramarme al regazo de Christian? Un momento después me aparto y me siento en la silla