Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 326

sido mucho menos que agradable ante esta nueva vida, pero sigue siendo carne de tu carne. Puedes hacer esto conmigo, o lo haré yo sola. La decisión es tuya. Y mientras te revuelcas en el pozo de autocompasión y odio por ti mismo, yo me voy a trabajar. Y cuando vuelva, me llevaré mis pertenencias a la habitación de arriba. Él me mira y parpadea, perplejo. —Ahora, si me disculpas, me gustaría terminar de vestirme. —Estoy respirando con dificultad. Muy lentamente Christian da un paso atrás y su actitud se endurece. —¿Eso es lo que quieres? —me susurra. —Ya no sé lo que quiero. —Mi tono es igual que el suyo y necesito hacer un esfuerzo monumental para fingir desinterés mientras me unto los dedos con crema hidratante y me la extiendo por la cara. Me miro en el espejo: los ojos azules muy abiertos, la cara pálida y las mejillas ruborizadas. Lo estás haciendo muy bien. No te acobardes ahora. No te acobardes. —¿Ya no me quieres? —me susurra. Oh, no… Oh, no, Grey. —Todavía estoy aquí, ¿no? —exclamo. Cojo el rimel y me doy un poco primero en el ojo derecho. —¿Has pensado en dejarme? —Casi no oigo sus palabras. —Si tu marido prefiere la compañía de su ex ama a la tuya, no es una buena señal. —Consigo ponerle el nivel justo de desdén a la frase y evitar su pregunta. Ahora brillo de labios. Hago un mohín con los labios brillantes a la imagen del espejo. Aguanta, Steele… eh, quiero decir, Grey… Vaya, ya no me acuerdo ni de mi nombre. Cojo las botas, voy hasta la cama una vez más y me las pongo rápidamente, subiendo la cremallera de un tirón por encima de las rodillas. Sí. Estoy sexy solo con la ropa interior y las botas. Lo sé. Me pongo de pie y le miro con frialdad. Él parpadea y sus ojos recorren rápida y ávidamente mi cuerpo. —Sé lo que estás haciendo —murmura, su voz ha adquirido un tono cálido y seductor. —¿Ah, sí? —Y se me quiebra la voz. No, Ana… Aguanta. Él traga saliva y da un paso hacia mí. Yo doy un paso atrás y levanto las manos. —Ni se te ocurra, Grey —susurro amenazadora. —Eres mi mujer —me dice en voz baja, y es casi una amenaza también. —Soy la mujer embarazada a la que abandonaste ayer, y si me t