Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 325
Me pongo de pie y me agacho para secarme el pelo con la toalla. Por el hueco entre mis muslos separados
puedo verle los pies descalzos y siento su intensa mirada. Cuando termino, me levanto y vuelvo a la cómoda,
de donde saco el secador.
—Respóndeme. —La voz de Christian es baja y ronca.
Enciendo el secador y ya no puedo oírle, pero le observo con los ojos entreabiertos por el espejo mientras
me voy secando el pelo. Me mira fijamente con los ojos entornados y fríos, casi helados. Aparto la vista y me
centro en la tarea que tengo entre manos, intentando reprimir el escalofrío que me recorre. Trago con
dificultad y me concentro en secarme el pelo. Sigue estando furioso. ¿Se va por ahí con esa maldita mujer y
está furioso conmigo? ¡Cómo se atreve! Cuando tengo el pelo alborotado e indomable, paro. Sí… me gusta.
Apago el secador.
—¿Dónde estabas? —susurra con tono ártico.
—¿Y a ti qué te importa?
—Ana, déjalo ya. Ahora.
Me encojo de hombros y Christian cruza rápidamente la habitación hacia mí. Yo me vuelvo y doy un paso
atrás cuando intenta cogerme.
—No me toques —le advierto y él se queda parado.
—¿Dónde estabas? —insiste. Tiene la mano convertida en un puño al lado del cuerpo.
—No estaba por ahí emborrachándome con mi ex —le respondo furiosa—. ¿Te has acostado con ella?
Él da un respingo.
—¿Qué? ¡No! —Me mira con la boca abierta y tiene la poca vergüenza de parecer herido y enfadado al
mismo tiempo. Mi subconsciente suspira de alivio, agradecida—. ¿Crees que te engañaría? —Su tono revela
indignación moral.
—Me has engañado —exclamo—. Porque has cogido nuestra vida privada y has ido corriendo como un
cobarde a contársela a esa mujer.
Se queda con la boca abierta.
—¿Un cobarde? ¿Eso es lo que crees? —Sus ojos arden.
—Christian, he visto el mensaje. Eso es lo que sé.
—Ese mensaje no era para ti —gruñe.
—Bueno, la verdad es que lo vi cuando la BlackBerry se te cayó de la chaqueta mientras te desvestía
porque estabas demasiado borracho para desvestirte solo. ¿Sabes cuánto daño me has hecho por haber ido a
ver a esa mujer?
Palidece momentáneamente, pero ya he cogido carrerilla y la bruja que llevo dentro está desatada.
—¿Te acuerdas de anoche cuando llegaste a casa? ¿Te acuerdas de lo que dijiste?
Me mira sin comprender, con la cara petrificada.
—Bueno, pues tenías razón. Elijo al bebé indefenso por encima de ti. Eso es lo que hacen los padres que
quieren a sus hijos. Eso es lo que tu madre debería haber hecho. Y siento que no lo hiciera, porque no
estaríamos teniendo esta conversación ahora si lo hubiera hecho. Pero ahora eres un adulto. Tienes que
crecer, enfrentarte a las cosas y dejar de comportarte como un adolescente petulante. Puede que no estés
contento por lo de este bebé; yo tampoco estoy extasiada, dado que no es el momento y que tu reacción ha