Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 239
—Sí. Me confundes. Tomando las riendas. Es… diferente.
—¿Diferente para bien o diferente para mal?
Le paso los dedos por los labios. Él arruga la frente como si no comprendiera la pregunta. Me da un beso
en el dedo distraídamente.
—Diferente para bien —dice, pero no suena muy convencido.
—¿Nunca antes habías puesto en práctica esta fantasía?
Me sonrojo al decirlo. ¿De verdad quiero saber más cosas sobre la colorida y… eh… caleidoscópica vida
sexual que mi marido ha tenido antes de mí? Mi subconsciente me mira precavida por encima de las gafas de
concha de media luna como diciendo: «¿En serio quieres pisar ese terreno?».
—No, Anastasia. Tú puedes tocarme. —Es una explicación muy simple pero que dice muchísimo. Claro,
las quince anteriores no podían…
—La señora Robinson también podía tocarte —digo en voz baja antes de que mi cerebro registre lo que he
dicho. Mierda. ¿Por qué la he mencionado?
Se queda muy quieto. Abre mucho los ojos y pone esa expresión que dice: «Oh, no, ¿adónde querrá llegar
con esto?».
—Eso era diferente —susurra.
De repente quiero saberlo.
—¿Diferente para bien o diferente para mal?
Me mira fijamente. La duda y algo que se acerca al dolor cruzan por su cara de manera fugaz; por un
instante parece alguien que se está ahogando.
—Para mal, creo. —Apenas se oyen sus palabras.
¡Oh, madre mía!
—Creí que te gustaba.
—Y me gustaba. Entonces.
—¿Y ahora no?
Me mira con los ojos como platos y lentamente niega con la cabeza.
Oh, Dios mío…
—Oh, Christian…
Estoy abrumada por los sentimientos que me inundan. Mi niño perdido. Me lanzo sobre él y le beso la cara,
la garganta, el pecho y las pequeñas cicatrices redondas. Christian gruñe, me atrae hacia él y me besa con
pasión. Y muy lenta y tiernamente, a su ritmo, vuelve a hacerme el amor.
—¡Aquí viene Ana Tyson, tras la pelea con un peso superior!
Ethan me aplaude cuando entro en la cocina a desayunar. Está sentado con Mia y con Kate en la barra del
desayuno mientras la señora Bentley cocina unos gofres. A Christian no se le ve por ninguna parte.
—Buenos días, señora Grey —me dice sonriendo la señora Bentley—. ¿Qué le apetece desayunar?
—Buenos días. Lo que esté haciendo estará bien, gracias. ¿Dónde está Christian?
—Fuera. —Kate señala con la cabeza al patio.
Me acerco a la ventana que da al patio y a las montañas que hay más allá. Es un día de verano claro de un