Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 194
cara—. Llevas toda tu vida escondiéndote. No lo hagas ahora, no te escondas de mí.
Me mira con incredulidad y frunce el ceño.
—¿Me escondo?
—Sí.
Cambia de postura de repente, se pone de lado y me obliga a moverme para que quede tumbada a su lado
sobre la cama. Acerca la mano, me aparta el pelo de la cara y me lo coloca detrás de la oreja.
—Antes me has preguntado si te odiaba. No entendí entonces por qué, pero ahora…
Él se detiene y me mira como si yo fuera un enigma.
—¿Todavía crees que te odio? —pregunto con voz incrédula.
—No —dice negando a la vez con la cabeza—. Ahora no. —Parece aliviado—. Pero necesito saber
algo… ¿Por qué has dicho la palabra de seguridad, Ana?
Palidezco. ¿Qué puedo decirle? Que me ha asustado. Que no sabía si iba a parar. Que le supliqué y no
paró. Que no quería que las cosas fueran subiendo de intensidad como… como aquella vez en esta misma
habitación. Me estremezco al recordar cómo me azotó con el cinturón.
Trago saliva.
—Porque… Porque estabas tan enfadado y tan distante y tan… frío. No sabía lo lejos que podías llegar.
Su expresión no revela nada.
—¿Ibas a dejarme llegar al orgasmo? —pregunto con la voz apenas un susurro y siento que me sonrojo,
pero le sostengo la mirada.
—No —confiesa por fin.
Maldita sea.
—Eso es… cruel.
Me roza la mejilla suavemente con los nudillos.
—Pero efectivo —murmura. Me mira como si intentara ver mi alma y los ojos se le oscurecen. Después de
una eternidad dice—: Me alegro de que lo hicieras.
—¿Ah, sí?
Sus labios forman una sonrisa triste.
—Sí. No quiero hacerte daño. Me dejé llevar. —Se acerca y me da un beso—. Me perdí en el momento.
—Vuelve a besarme—. Me pasa mucho contigo.
¿Oh? Y por alguna extraña razón la idea me gusta… Sonrío. ¿Por qué me hace feliz eso? Él también
sonríe.
—No sé por qué sonríe, señora Grey.
—Yo tampoco.
Me envuelve con su cuerpo y apoya la cabeza en mi pecho. Ahora somos una maraña de extremidades
desnudas, con vaqueros y seda de la sábana. Le acaricio la espalda con una mano y el pelo con la otra.
Suspira y se relaja en mis brazos.
—Eso significa que puedo confiar en ti, en que me detendrás. Nunca he querido hacerte daño —murmura
—. Necesito… —dice, pero se detiene.
—¿Qué necesitas?