Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 187
Una combinación letal de tortura sensual. Se acerca para que su cuerpo roce el mío. Él todavía está vestido: la
tela de sus vaqueros me roza la pierna y su erección la cadera. Está tan cerca… Vuelve a llevarme casi hasta
el clímax, mi cuerpo pidiendo a gritos la liberación, y entonces se detiene.
—No —gimoteo.
Me da unos besos suaves y húmedos en el hombro y saca sus dedos de mí a la vez que va bajando la
varita. El juguete se desliza por mi estómago, mi vientre y mi sexo hasta tocarme el clítoris. Joder, esto es tan
intenso…
—¡Ah! —grito y tiro fuerte de las esposas.
Tengo todo el cuerpo tan sensible que siento que voy a explotar. Y justo cuando creo que ya ha llegado el
momento, Christian vuelve a detenerse.
—¡Christian! —chillo.
—Frustrante, ¿eh? —murmura contra mi garganta—. Igual que tú. Prometes una cosa y después… —No
acaba la frase.
—¡Christian, por favor! —le suplico.
Aprieta la varita contra mí una y otra vez, parando justo en el momento álgido cada vez. ¡Ah!
—Cada vez que paro, cuando vuelvo a empezar es más intenso, ¿verdad?
—Por favor… —le pido casi en un sollozo. Mis terminaciones nerviosas necesitan esa liberación.
El zumbido cesa y Christian me da otro beso y me acaricia la nariz con la suya.
—Eres la mujer más frustrante que he conocido.
No, no, ¡no!
—Christian, no he prometido obedecerte. Por favor, por favor…
Se coloca delante de mí, me coge con fuerza por el culo y aprieta su cadera contra mí. Eso me provoca un
respingo porque su entrepierna está en contacto con la mía a pesar de la ropa. Los botones de sus vaqueros,
que contienen a duras penas su erección, presionan contra mi carne. Con una mano me quita el pañuelo que
me tapa los ojos y me coge la barbilla. Parpadeo y cuando recupero la vista me encuentro con su mirada
abrasadora.
—Me vuelves loco —susurra empujándome con la cadera una vez, dos, tres, haciendo que mi cuerpo
empiece a soltar chispas a punto de arder. Y otra vez me lo niega. Le deseo tanto… Le necesito tanto…
Cierro los ojos y murmuro una oración. Me siento castigada, no puedo evitarlo. Estoy indefensa y él está
siendo implacable. Se me llenan los ojos de lágrimas. No sé hasta dónde va a llegar esto.
—Por favor… —vuelvo a suplicarle en un susurro.
Pero me mira sin ninguna piedad. Tiene intención de continuar. Pero ¿cuánto? ¿Puedo jugar a esto? No.
No. No… No puedo hacerlo. No va a parar. Va a seguir torturándome. Sus manos bajan por mi cuerpo otra
vez. No… Y repentinamente el dique estalla: toda la aprensión, la ansiedad y el miedo de los últimos días me
embargan y otra vez se me llenan los ojos de lágrimas. Aparto la mirada de la suya. Esto no es amor. Es
venganza.
—Rojo —sollozo—. Rojo. Rojo. —Las lágrimas empiezan a correrme por la cara.
Él se queda petrificado.
—¡No! —grita asombrado—. Dios mío, no…