Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 183
quemado. Aquí —dice metiéndome el dedo índice en la boca—. Seguro que tú me lo chupas mejor que yo.
—Oh. —Le agarro la mano y me saco el dedo de la boca lentamente—. Ya está, ya está —digo y me
acerco para soplarle y enfriarle el dedo. Después le doy dos besitos suaves. Él deja de respirar. Vuelvo a
meterme el dedo en la boca y lo chupo con cuidado. Él inspira bruscamente y ese sonido me llega
directamente a la entrepierna. Tiene un sabor tan delicioso como siempre y me doy cuenta de que este es su
juego: la lenta seducción de su esposa. Se supone que estaba enfadado, pero ahora… Este hombre que es mi
marido es muy confuso. Pero a mí me gusta así. Juguetón. Divertido. Y muy sexy. Me ha dado algunas
respuestas, pero no las suficientes. Quiero más, pero también quiero jugar. Después de toda la ansiedad y la
tensión del día y la pesadilla de anoche con lo de Jack, necesito una distracción como esta.
—¿En qué piensas? —me pregunta Christian y me saca el dedo de la boca, lo que interrumpe mis
pensamientos.
—En lo temperamental que eres.
Todavía está a mi lado.
—Cincuenta Sombras, nena —dice por fin y me da un beso tierno en la comisura de la boca.
—Mi Cincuenta Sombras —le susurro y le agarro de la camiseta para atraerlo hacia mí.
—Oh, no, señora Grey, nada de tocar. Todavía no.
Me coge la mano, me obliga a soltarle la camiseta y me besa los dedos uno por uno.
—Siéntate bien —me ordena.
Hago un mohín.
—Te voy a azotar si haces mohínes. Abre bien la boca.
Oh, mierda. Abro la boca y él mete un tenedor con cordero caliente y especiado cubierto por una salsa de
yogur fría y con sabor a menta. Mmm… Mastico.
—¿Te gusta?
—Sí.
Él emite un sonido de satisfacción y sé que también está comiendo.
—¿Más?
Asiento. Me da otro trozo y yo lo mastico con energía. Deja el tenedor y parte algo… pan, creo.
—Abre —me manda.
Esta vez es pan de pita con humus. Veo que la señora Jones (o tal vez Christian) ha ido de compras a la
tienda de delicatessen que yo descubrí hace unas cinco semanas a solo dos manzanas del Escala. Mastico
encantada. El Christian juguetón me aumenta el apetito.
—¿Más? —me pregunta.
Asiento.
—Más de todo. Por favor. Me muero de hambre.
Oigo su sonrisa de placer. Me va dando de comer lenta y pacientemente, en ocasiones me quita un resto de
comida de la comisura de la boca con un beso o con los dedos. De vez en cuando me ofrece un sorbo de vino
de esa forma suya tan particular.
—Abre bien y después muerde —me dice, y yo lo hago.
Mmm… Una de mis comidas favoritas: hojas de parra rellenas. Están deliciosas, aunque frías; las prefiero