Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 179

—Sí que quería. —Realmente no. Creías que querías. —No sé si eso es así —murmura. —Piénsalo —le digo abrazándole otra vez y acariciándole el pecho con la nariz por encima de la camiseta negra—. Piensa en cómo te sentiste cuando me fui. Me has dicho muchas veces cómo te dejó eso, cómo alteró tu forma de ver el mundo y a mí. Sé a lo que has renunciado por mí. Piensa cómo te sentiste al ver las marcas de las esposas durante la luna de miel. Su cuerpo se tensa y sé que está procesando la información. Aprieto el abrazo con las manos en su espalda y siento los músculos tensos y tonificados bajo la camiseta. Se va relajando gradualmente. ¿Eso era lo que le estaba preocupando? ¿Que fuera capaz de hacerme daño? ¿Por qué tengo yo más fe en él que él mismo? No lo entiendo. No hay duda de que hemos avanzado. Normalmente es tan fuerte, tan dueño del control… pero sin él está perdido. Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta… Lo siento. Me da un beso en el pelo y yo levanto la cara. Sus labios se encuentran con los míos y me buscan, me dan y se llevan, me suplican… pero no sé el qué. Quiero seguir sintiendo su boca sobre la mía y le devuelvo el beso apasionadamente. —Tienes mucha fe en mí —murmura cuando se separa. —Sí que la tengo. —Me acaricia la cara con el dorso de los nudillos y la yema del pulgar, mirándome intensamente a los ojos. La furia ha desaparecido. Mi Cincuenta ha vuelto de donde estaba. Me alegro de verle. Le miro y le sonrío con timidez. —Además —le susurro—, no tienes los papeles. Se queda con la boca abierta por el asombro, divertido, y me aprieta contra su pecho otra vez. —Tienes razón. —Ríe. Estamos de pie en medio del salón, abrazados. —Vamos a la cama —me pide tras no sé cuánto tiempo. Oh, madre mía… —Christian, tenemos que hablar. —Después —dice. —Christian, por favor. Habla conmigo. Suspira. —¿De qué? —Ya sabes. De no contarme las cosas. —Quiero protegerte. —No soy una niña. —Soy perfectamente consciente de eso, señora Grey. —Me acaricia el cuerpo con una mano y al final la deja apoyada sobre mi culo. Mueve las caderas y su erección creciente se aprieta contra mí. —¡Christian! —le regaño—. Que me lo cuentes. Vuelve a suspirar, exasperado. —¿Qué quieres saber? —pregunta resignado y me suelta. No me gusta eso; que me hable no quiere decir que tenga que soltarme. Me coge la mano y se agacha para recoger mi correo del suelo.