Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 178
cuenta de que no sé qué decir. Me veo por un momento volviendo a la discusión sobre los votos. No he
prometido obedecerte, estoy a punto de decir, pero me muerdo la lengua porque en el fondo me alegro de que
haya regresado. A pesar de su enfado, me alegro de que esté de vuelta sano y salvo; enfadado y echando
chispas, pero aquí delante de mí.
—¿Cambiaste de idea? —No puede ocultar su desdén y su incredulidad.
—Sí.
—¿Y no me llamaste para decírmelo? —Se me queda mirando, todavía incrédulo, antes de continuar—. Y
lo que es peor, dejaste al equipo de seguridad corto de efectivos en la casa y pusiste en peligro a Ryan.
Oh. No se me había ocurrido.
—Debería haberte llamado, pero no quería preocuparte. Si te hubiera llamado, me lo habrías prohibido, y
echaba de menos a Kate. Quería salir con ella. Además, eso hizo que estuviera fuera del piso cuando vino
Jack. Ryan no debería haberle dejado entrar. —Es todo tan confuso… Si Ryan no le hubiera permitido entrar,
Jack seguiría por ahí.
Los ojos de Christian brillan salvajemente. Los cierra un momento y su cara se tensa por el dolor. Oh, no.
Niega con la cabeza y antes de que me dé cuenta me está abrazando, apretándome contra él.
—Oh, Ana —susurra mientras me aprieta aún más, hasta que casi no puedo respirar—. Si te hubiera
pasado algo… —Su voz es apenas un susurro.
—No me ha ocurrido nada —consigo decir.
—Pero podría haber ocurrido. Lo he pasado fatal hoy, todo el día pensando en lo que podría haber pasado.
Estaba tan furioso, Ana. Furioso contigo, conmigo, con todo el mundo. No recuerdo haber estado nunca tan
enfadado, excepto… —Deja de hablar.
—¿Excepto cuándo? —le animo a continuar.
—Una vez en tu antiguo apartamento. Cuando estaba allí Leila.
Oh, no quiero recordar eso.
—Has estado tan frío esta mañana… —le digo y la voz se me quiebra en la última palabra al recordar lo
mal que me he sentido por su rechazo en la ducha. Deja de abrazarme y sube las manos hasta mi nuca. Yo
inspiro hondo mientras me echa atrás la cabeza.
—No sé cómo gestionar toda esta ira. Creo que no quiero hacerte daño —dice con los ojos muy abiertos y
cautos—. Esta mañana quería castigarte con saña y… —No encuentra las palabras o le da demasiado miedo
decirlas.
—¿Te preocupaba hacerme daño? —termino la frase por él. No he creído ni un segundo que él pudiera
hacerme daño, pero me siento aliviada de todas formas; una pequeña y despiadada parte de mí temía que su
rechazo hubiera sido porque ya no me quería.
—No me fiaba de mí mismo —confiesa.
—Christian, sé que no eres capaz de hacerme daño. Ni físicamente ni de ninguna forma. —Le cojo la
cabeza entre las manos.
—¿Lo sabes? —me pregunta y oigo escepticismo en su voz.
—Sí, sé que lo que dijiste era una amenaza vacía. Sé que no quieres azotarme hasta que no lo pueda
soportar.