Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 169
joder. —Su tono es amargo y ahora ha llegado mi turno de ponerme pálida—. No quiero discutir esto ahora,
en la ducha. Todavía estoy muy furioso contigo, Anastasia. Me estás haciendo cuestionarme mi juicio. —Se
gira y sale de la ducha, cogiendo una toalla al pasar y saliendo después del baño, dejándome allí sola y helada
bajo el agua caliente.
Mierda. Mierda. Mierda.
Entonces el significado de todo lo que ha dicho empieza a abrirse camino en mi mente. ¿Secuestro? Joder.
¿Jack quería secuestrarme? Recuerdo la cinta americana de su bolsillo y que no quise darle vueltas a por qué
la llevaba. ¿Christian tiene más información? Me enjabono rápidamente el cuerpo y después me lavo el pelo.
Quiero saberlo. Necesito saberlo. No le voy a dejar que siga ocultándome cosas.
Christian no está en el dormitorio cuando salgo. Oh, sí que se ha vestido rápido… Hago lo mismo: me
pongo mi vestido favorito color ciruela y las sandalias negras. Soy vagamente consciente de que me he puesto
esta ropa porque a Christian le gusta. Me seco el pelo con energía con la toalla, me lo trenzo y lo recojo en un
moño. Me pongo unos pendientes con un diamante pequeño en las orejas y voy corriendo al baño para darme
un poco de rimel y mirarme en el espejo. Estoy pálida. Siempre estoy pálida. Inspiro hondo para
tranquilizarme. Necesito enfrentar las consecuencias de mi decisión precipitada de querer seguir pasándomelo
bien con una amiga. Suspiro y sé que Christian no lo va a ver así.
Tampoco hay ni rastro de Christian en el salón. La señora Jones está ocupada en la cocina.
—Buenos días, Ana —me dice dulcemente.
—Buenos días —respondo con una amplia sonrisa. ¡Por fin vuelvo a ser Ana!
—¿Té?
—Por favor.
—¿Algo de comer?
—Sí. Esta mañana me apetece una tortilla, por favor.
—¿Con champiñones y espinacas?
—Y queso.
—Ahora mismo.
—¿Dónde está Christian?
—El señor Grey está en su estudio.
—¿Ha desayunado? —Miro los dos platos que hay sobre la barra del desayuno.
—No, señora.
—Gracias.
Christian está al teléfono vestido con una camisa blanca sin corbata y vuelve a parecer el confiado
presidente de la empresa. Cómo pueden engañar las apariencias. Me mira cuando me asomo al umbral pero
niega con la cabeza para dejarme claro que no soy bienvenida. Mierda… Me giro y vuelvo desanimada a
sentarme en la barra del desayuno. Entra Taylor vestido con un traje oscuro y con el aspecto de haber
dormido ocho horas sin interrupciones.
—Buenos días, Taylor —le saludo intentando averiguar de qué humor está. A ver si me da alguna pista
visual de lo que está ocurriendo.
—Buenos días, señora Grey —me responde y oigo cierta compasión en esas cuatro palabras. Le sonrió