Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | страница 130

—El muy amado y loco rey Lear. —Le acaricio la cara y él agradece mi contacto cerrando los ojos—. ¿Te cambiarías tú el apellido y te pondrías Christian Steele para que todo el mundo supiera que eres mío? Christian abre los ojos bruscamente y me mira como si acabara de decir que la tierra es plana. Frunce el ceño. —¿Que soy tuyo? —susurra como probando el sonido de las palabras. —Mío. —Tuyo —me dice repitiendo las palabras que dijimos en el cuarto de juegos ayer—. Sí, lo haría. Si eso significara tanto para ti. Oh, madre mía… —¿Tanto significa para ti? —Sí —dice sin dudarlo. —Está bien. —Lo voy a hacer por él. Para darle la seguridad que sigue necesitando. —Creía que ya me habías dicho que sí. —Sí, lo hice, pero ahora lo hemos hablado mejor y estoy más contenta con mi decisión. —Oh —murmura sorprendido. Después sonríe con esa preciosa sonrisa juvenil que me deja sin aliento. Me agarra por la cintura y me hace girar. Yo chillo y empiezo a reírme; no sé si está feliz, aliviado o… ¿qué? —Señora Grey, ¿sabe lo que esto significa para mí? —Ahora sí lo sé. Se inclina y me da un beso mientras enreda los dedos en mi pelo para que me quede quieta. —Significa mil veces peor que el domingo —me dice junto a mis labios y me acaricia la nariz con la suya. —¿Tú crees? —le pregunto apartándome un poco para mirarle. —Has hecho ciertas promesas… Si se hace una oferta, después hay que aceptar el trato —me dice y sus ojos brillan con un placer malicioso. —Mmm… —Todavía estoy dudosa, intentando descubrir cuál es su humor ahora. —¿No tendrás intención de faltar a una promesa que me has hecho? —me pregunta inseguro con una mirada especulativa—. Tengo una idea —añade. Oh, qué perversión se le habrá ocurrido… —Hay un asunto importante del que tenemos que ocuparnos —continúa de repente muy serio—. Sí, señora Grey, un asunto de gran importancia. Un momento… Se está riendo de mí. —¿Qué? —le pregunto. —Necesito que me cortes el pelo. Aparentemente lo llevo demasiado largo y a mi mujer no le gusta. —¡Yo no puedo cortarte el pelo! —Sí que puedes. —Christian sonríe y sacude la cabeza de forma que el pelo demasiado largo le tapa los ojos. —Bueno, creo que la señora Jones tiene unos tazones… —Río. Él también se ríe. —Vale, entendido. Le diré a Franco que me lo corte. ¡No! Franco trabaja para la bruja… Quizá yo pueda cortárselo un poco. Lo he hecho con Ray durante años