Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 131
y él nunca se quejó.
—Vamos —le digo cogiéndole la mano.
Él me mira con los ojos muy abiertos. Le llevo hasta el baño, donde le suelto la mano para coger la silla
blanca de madera que hay en un rincón. La coloco delante del lavabo. Cuando miro a Christian veo que él me
está contemplando con una diversión que no puede ocultar, los pulgares metidos en las trabillas del cinturón
de sus pantalones y los ojos ardientes.
—Siéntate —le digo señalando la silla vacía e intentando mantener mi ventaja momentánea.
—¿Me vas a lavar el pelo?
Asiento. Arquea una ceja por la sorpresa y durante un momento creo que se va a echar atrás.
—Vale. —Se desabrocha lentamente los botones de la camisa blanca, empezando por el que tiene bajo la
garganta. Sus dedos diestros se ocupan de un botón cada vez hasta que se abre toda la camisa.
Oh, Dios mío… La diosa que llevo dentro se detiene en mitad de su vuelta de honor al estadio.
Christian me tiende uno de sus puños en un gesto que indica «suéltamelo tú» y su boca esboza esa media
sonrisa tan sexy y desafiante que a él se le da tan bien.
Oh, los gemelos. Le cojo la muñeca y le quito el primero, un disco de platino con sus iniciales grabadas en
una sencilla letra bastardilla. Después le quito el otro. Cuando lo hago le miro y su expresión divertida ha
desaparecido para dejar paso a algo más excitante… mucho más excitante. Estiro los brazos y le bajo la
camisa por los hombros, dejando que caiga al suelo.
—¿Listo? —le susurro.
—Para lo que tú quieras, Ana.
Mis ojos abandonan los suyos y bajan hasta sus labios separados para poder inspirar más profundamente.
Esculpidos, cincelados o lo que sea… Tiene una boca increíble y sabe más que de sobra qué hacer con ella.
Me doy cuenta de que me estoy acercando para besarle.
—No —me dice y coloca las dos manos sobre mis hombros—. Si sigues por ahí, no llegarás a cortarme el
pelo.
¡Oh!
—Quiero que lo hagas —continúa, y su mirada es directa y sincera por alguna razón que no me explico.
Eso me desarma.
—¿Por qué? —pregunto en un susurro.
Me mira durante un segundo y sus ojos se abren un poco más.
—Porque me hace sentir querido.
Prácticamente se me para el corazón. Oh, Christian, mi Cincuenta… Y antes de darme cuenta le estoy
abrazando y besándole el pecho antes de apoyar la mejilla sobre el vello de su pecho, que me hace cosquillas.
—Ana. Mi Ana —murmura. Me envuelve con sus brazos y los dos nos quedamos de pie inmóviles,
abrazándonos en nuestro baño. Oh, cómo me gusta estar entre sus brazos. Aunque sea un imbécil dominante
y megalómano, es mi imbécil dominante y megalómano que necesita una dosis de cariño que dure toda la
vida. Me aparto un poco, pero no le suelto.
—¿De verdad quieres que lo haga?
Asiente y sonríe con timidez. Yo le devuelvo la sonrisa y rompo el abrazo.