Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 129
desconcertado y frustrado su comportamiento de esta tarde en mi despacho. En un momento me estaba
pidiendo que me quedara en casa y poco después me estaba regalando una empresa. ¿Cómo voy a
entenderle?
—¿Qué pasa conmigo?
—Oh, Christian —me tiembla el labio inferior—, estoy intentando adaptarme a esta nueva vida que nunca
había imaginado que llegaría a vivir. Todo me lo has puesto en bandeja: el trabajo, a ti… Tengo un marido
guapísimo al que nunca, nunca habría creído que podría querer de un modo tan fuerte, tan rápido, tan…
indeleble. —Inspiro hondo para calmarme y él se queda boquiabierto—. Pero eres como un tren de
mercancías y no quiero que me arrolles, porque entonces la chica de la que te enamoraste acabará
desapareciendo, aplastada. ¿Y qué quedará? Una radiografía social vacía que va de una organización
benéfica a otra. —Vuelvo a detenerme, luchando por encontrar las palabras para expresar cómo me siento—.
Y ahora quieres que sea la presidenta de una empresa, algo que nunca ha pasado por mi cabeza. Voy
rebotando de una cosa a otra, sin comprender, pasándolo mal. Primero me quieres en casa. Después quieres
que dirija una empresa. Es todo muy confuso. —Me detengo al fin, con las lágrimas a punto de caer y
reprimo un sollozo—. Tienes que dejarme tomar mis propias decisiones, asumir mis propios riesgos y cometer
mis propios errores y aprender de ellos. Tengo que aprender a andar antes de echar a correr, Christian, ¿no te
das cuenta? Necesito un poco de independencia. Eso es lo que significa mi nombre para mí. —Por fin… Eso
es lo que quería decirle esta tarde.
—¿Sientes que te voy a arrollar? —me pregunta en un susurro.
Asiento.
Cierra los ojos, inquieto.
—Solo quiero darte todo lo del mundo, Ana, cualquier cosa, todo lo que quieras. Y salvarte de todo
también. Mantenerte a salvo. Pero también quiero que todo el mundo sepa que eres mía. Me ha entrado el
pánico cuando he visto tu correo. ¿Por qué no has hablado conmigo de lo de tu apellido?
Me sonrojo. Tiene parte de razón.
—Lo pensé cuando estábamos de luna de miel, y, bueno… no quería pinchar la burbuja. Y después se me
olvidó. Me acordé ayer por la noche, pero pasó lo de Jack… Me distraje. Lo siento, debería haberlo hablado
contigo, pero no conseguí encontrar un buen momento.
La intensa mirada de Christian me pone nerviosa. Es como si estuviera intentando meterse en mi cabeza,
pero no dice nada.
—¿Por qué te entró el pánico? —le pregunto.
—No quiero que te escapes entre mis dedos.
—Por Dios, Christian, no voy a ir a ninguna parte. ¿Cuándo te vas a meter eso en tu dura mollera? Te.
Quiero —digo agitando una mano en el aire como él hace algunas veces para dar énfasis a lo que dice—.
Más que… «a la luz, al espacio y a la libertad».
Abre unos ojos como platos.
—¿Con el amor de una hija? —me sonríe irónico.
—No. —Río a pesar de todo—. Es que es la única cita que se me ha ocurrido.
—¿La del loco rey Lear?