Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 128
—Sí, señora Grey. Señor Grey.
Taylor aparece en la entrada del salón.
—Taylor te acompañará a la salida —digo lo bastante alto para que él me oiga.
Ella vuelve a tocarse el pelo, se gira sobre sus tacones altos y sale de la habitación seguida de cerca por
Taylor.
—Estaba bastante más fría —señala Christian, mirándome burlonamente.
—¿Ah, sí? No me he dado cuenta. —Me encojo de hombros intentando parecer indiferente—. ¿Qué quería
Taylor? —le pregunto en parte porque tengo curiosidad y en parte porque quiero cambiar de tema.
Con el ceño fruncido Christian me suelta y empieza a enrollar los planos sobre la mesa.
—Era sobre Hyde.
—¿Qué pasa con él?
—Nada de lo que preocuparse, Ana. —Deja los planos y me atrae hacia sus brazos—. Por lo que parece
no ha pasado por su apartamento en semanas, eso es todo. —Me da un beso en el pelo, me suelta y termina lo
que estaba haciendo—. ¿Qué habéis decidido? —me pregunta y sé que es porque no quiere que siga
interrogándole sobre Hyde.
—Lo que tú y yo hablamos. Creo que le gustas —le digo en voz baja.
Él ríe.
—¿Le has dicho algo? —me pregunta y yo me ruborizo. ¿Cómo lo sabe? Como no sé qué decir, me miro
los dedos—. Éramos Christian y Ana cuando ha entrado y señor y señora Grey cuando se ha ido. —Su tono
es seco.
—Es posible que le haya dicho algo —murmuro. Cuando levanto la vista para mirarle, él me está
observando con ojos tiernos y por un momento parece… encantado.
Baja la mirada, niega con la cabeza y su expresión cambia.
—Solo reacciona ante esta cara. —Suena un poco resentido, incluso un poco asqueado.
Oh, Cincuenta, no…
—¿Qué? —Le sorprende mi expresión de perplejidad. Sus ojos se abren por la alarma—. No estarás
celosa, ¿verdad? —me pregunta horrorizado.
Me sonrojo, trago saliva y me miro los dedos entrelazados. ¿Lo estoy?
—Ana, es una depredadora sexual. No es mi tipo. ¿Cómo puedes estar celosa de ella? ¿De cualquiera?
Nada de lo que ella tiene me interesa.
Cuando levanto la vista, está mirándome como si me hubiera salido una extremidad de más. Se pasa una
mano por el pelo.
—Solo existes tú, Ana —dice en voz baja—. Siempre existirás solo tú.
Oh, Dios mío… Dejando los planos una vez más, Christian se acerca a mí y me coge la barbilla entre el
pulgar y el índice.
—¿Cómo has podido pensar otra cosa? ¿Te he dado alguna vez señales de que podía estar remotamente
interesado en otra persona? —Sus ojos sueltan llamaradas, fijos en los míos.
—No —le susurro—. Me estoy comportando como una tonta. Es que hoy… tú… —Todas las emociones
en conflicto de antes vuelven a salir a la superficie. ¿Cómo puedo explicarle lo confusa que estoy? Me ha