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CUENTO
Gabriela Villa Castro
27 de agosto, 3:15 am
…otra vez la misma silueta. A veces creo que es una mujer, por su estatura y su cuerpo;
trae una polera negra, me es familiar por algún motivo pero no puedo verle el rostro por la
enorme capucha que la cubre. Esta vez todo empieza en un hermoso paseo con mi mejor
amigo Percy, y Karolay, la joven mujer que nos alquila un par de cuartos en su casa… esta-
mos corriendo, jugando a las escondidas detrás de los árboles del frondoso bosque; llega mi
turno de buscarlos, empiezo a contar pero un grito producido por Karolay me detiene, doy
la vuelta y busco a mis amigos con la mirada y no los encuentro. Me desespero y de repente
veo algo detrás de un árbol a lo lejos, sonrío y grito “¡ya te vi!” pensando que es Percy, nadie
responde. Me dirijo a ese árbol, pero ya no se ve nada detrás, la silueta había salido y estaba
parada a unos diez metros de mí, apoyada en un tronco seco. Levanta el brazo y señala a su
derecha, giro la cabeza en esa dirección y ahí están Karolay, el corazón me late con fuerza,
está atada a un árbol, quiero ir a ayudarla, pero el charco rojo me advierte que ya es tarde…
Quiero salir de ahí, mas el cuerpo no me responde, hay algo detrás que se acerca, roza mi
cabello, me golpea con algo en la espalda mientras susurra: “ya te encontré…”
Ethel deja sobre la mesa, al lado de su cama, el lapicero y ese cuaderno empolvado, por
el tiempo que no lo usaba. Regresan las pesadillas y al despertar le queda esa horrible sensa-
ción de no poder mover ni un solo músculo para levantarse; ya no grita cuando esto sucede,
quizá porque sabe que nadie la escucha o porque desde hace tiempo ya se había acostum-
brado al suceso.
Ethel tenía 20 años y sus padres no vivían con ella, había crecido con sus tíos; desde
muy pequeña se metía en problemas, siempre en compañía de su mejor amigo, que tenía su
misma edad, Percy, quien había crecido solo con su mamá, pues su padre los había abando-
nado antes de que él naciera. A los 17 años su madre haría lo mismo desapareciendo sin dejar
ningún rastro.
Ambos eran inseparables, se contaban todo lo que pasaban, eran familia; cuando tenían
18 años ingresaron a la universidad, a la carrera de enfermería, donde conocieron a Karolay,
4 años mayor que los dos, ya estaba terminando la carrera y vivía en una casa grande cerca
al bosque. Los amigos decidieron alquilar dos cuartos en el hogar de Karolay, pues Ethel ya
estaba cansada de vivir con sus tíos, quienes solo renegaban de ella. Percy pagaba un cuarto
desde que su madre lo dejó.
Todo era genial; hacían lo que les venía en gana, tomaban, fumaban, hacían innumera-
bles fiestas… Pero las cosas empezaron a cambiar en el cumpleaños número 19 de Ethel, ella
organizó la mejor fiesta que pudo tener, el jardín estuvo repleto de licores, bocaditos…, y la
música a todo volumen. Todos se divertían cantando y bailando. Cerca de las 2:30 de la
madrugada todos ya estaban borrachos y Karolay empezó a despedir a los asistentes; llevó a
sus inquilinos a sus cuartos y ella también se fue a acostar… cerca de las 4, Ethel despertó
por un sonido en la ventana de su cuarto, se incorporó y pensó que alguno de sus invitados
se había olvidado algo; con dificultad se paró y se acercó a la ventana, abrió la cortina y fue