la primera vez que vio la silueta de aquella mujer, tenía las manos en los bolsillos de su polera
y una capucha que no dejaba ver su rostro; Ethel estaba asustada pero abrió la ventana y
preguntó quién era y qué quería, aquella escalofriante silueta ni siquiera se movió. Solo estaba
ahí mirándola, o eso parecía; asustada cerró las cortinas y se volvió a dormir. Esa fue la pri-
mera vez que la vio en sus sueños y al despertar no podía mover ni un solo músculo del
cuerpo, no podía abrir los ojos, quería gritar, pedir ayuda pero la boca no le respondía…
escuchaba que alguien caminaba hacia su cama, ya estaba cerca, entonces pudo moverse y
salió disparada de la casa, con un fuerte grito, directo a la puerta. Volteó pero no había nadie
en su cuarto. La encontraron sentada en el piso apoyada en la pared, tenía un ataque de
nervios.
Al amanecer ya más tranquila trató de contar lo que le había pasado, Percy le pedía que
se tranquilice. Karolay contó que podría tratarse de espíritus, que quizá ella estaría en peligro
e intentarían prevenirla, o al contrario que era algo maligno que quería hacerle daño. Desde
aquel día esas pesadillas no pararon y eran más frecuentes, siempre con esa presión en el
pecho que no la dejaba moverse cuando intentaba despertar; hasta esta última semana que
parecía haber parado, pero el sábado 15 de agosto se hizo más aterradora ya que esta vez la
rozó y le habló.
Amaneció ese día y lo primero que hizo fue contarle a Percy, éste la invitó a dar un
paseo al bosque para que se relaje. En el bosque todo era genial, al fin se había olvidado de
las pesadillas, estaba relajada. Cuando de repente ya no estaba Percy, ella lo buscó y no lo
vio, gritó su nombre y nadie respondió; asustada empezó a caminar entre los árboles, enton-
ces una sombra apareció delante de ella, levantó la cabeza, era Karolay; la abrazó y le pre-
guntó si había visto a Percy, esta negó con la cabeza y le pidió ir a su casa porque ya estaba
oscureciendo. Ethel preocupada llegó a su casa, estaban a punto de ingresar cuando escucha-
ron dentro del hogar un sollozo; se asustaron. La puerta estaba abierta y sentada en un esca-
lón estaba esa silueta que atormentaba a Ethel en sus sueños; Karokay se acercó y la silueta
solo levantó el brazo y la apuñaló en el pecho.
Ethel subió hacia su cuarto, allí estaba su móvil para avisar a la policía; al llegar cerró
la puerta con seguro por dentro y se metió dentro del armario, marcó a la policía y rogó para
que envíen una patrulla a su casa, porque alguien había matado a su amiga y quería hacerle
daño a ella también… la puerta se abrió sin dificultad, al parecer tenía las llaves, Ethel susurró
al teléfono: “ya me encontró…”
Vestida como en sus sueños se dirigió al armario, diciendo: “ya te encontré, ya te en-
contré, ya te encontré…” era una voz rasposa y desesperante. Al abrir el armario ahí estaba
la polera negra y la capucha, ahora si se veía unos labios desfigurados en forma de una son-
risa, no conocía a la mujer que estaba dispuesta a matarla.
Ethel sintió la mano fría de aquella mujer sobre su rostro, le dijo que se vería mejor
sonriendo, la apuñaló dos veces y le cortó las mejillas de oreja a oreja, que aparentaba una
espeluznante sonrisa.
La policía llegó al lugar rastreando el teléfono de la extraña llamada que había recibido,
entraron en la casa y vieron a la mujer que lloraba sobre el cuerpo sin vida de un joven; la
mujer vestía con una polera con capucha y decía que solo quería castigar a su hijo por lo que
le había hecho en el rostro y por abandonarla lejos de ahí, creyendo que estaba muerta.
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