LIMASHUM Nº 45 45-LIM-REDES | Page 18

Página 18 de 20 salir él maldijo. Sin embargo no era lo único que ellos odiaban, por ejemplo él odiaba que el te- rreno donde construyeron el primer piso de su casa sea un regalo de bodas; siempre quiso ga- narse las cosas con su propio sacrificio y consi- deraba los regalos costosos como un insulto ha- cia su orgullo, aun así lo aceptó, mientras que ella, más que miedo, odiaba que las personas usaran armas. La lluvia no calmaba, José con la ayuda de una chaqueta y un paraguas logró llegar al bus que lo llevara a su destino, a ese lugar acortado por cuatro paredes en el que estaría las próximas 8 horas y a que para él no era tan desagradable. José cerró el paraguas para subir al bus, de- trás de él apareció un sujeto extraño y aunque él no era prejuicioso el sujeto le generó descon- fianza. En el bus, sin contar con el chofer ni el cobrador, habían cinco pasajeros, José se acercó al asiento más próximo a la puerta y vio hacia afuera. El sujeto tenía los ojos rojos y llevaba un polo remangado, empezó a contar con una voz rasposa sobre un accidente ocasionado por no colocar bien sus pies en un andamio y que eso le ocasionó un corte que dañó parte de sus órganos, y cómo subiendo a los buses y con la solidaridad de las personas ya casi tenía el dinero necesario para su operación pero aun necesitaba más para comprar los medicamentos que le iban a pedir y también para comida; luego levantó su polo y mostro un bote de sangre pegado con una cinta a su cuerpo y un tubito que salía de éste y que se perdía en la faja que el sujeto llevaba puesto. La lluvia continuaba y el sujeto extraño co- menzó a pedir colaboración a los pasajeros co- menzando con el que estaba más lejos de la puerta y al final se acercó a José, había apenas recibido dos monedas de los demás pasajeros. Sacó de su billetera algunas monedas y se los en- tregó, no creyó en lo que dijo pero quería librarse del sujeto extraño, después de guardar la bille- tera en el bolsillo de su saco, tres personas más entraron al bus, seria por la lluvia que subieron apresuradamente e hicieron que el sujeto que aún no avanzaba hacia la salida chocara con José, éste solo pidió disculpas y salto hacia la sa- lida. La lluvia comenzaba a parar, ya se notaba la humedad y el olor a la tierra mojada, él sonrió. No pasó mucho tiempo para que José bajara del bus y corriese en busca de la persona que hace unos instantes quería que se pierda, tenía espe- ranza de recuperar parte de lo hurtado o por lo menos que el sujeto haya tirado algún docu- mento que no le sirviera. Corría y la ciudad era indiferente, allí la vida continuaba y estaban los vendedores ambulantes y algunos transeúntes que lo observaban con extrañeza, corría sin gri- tar y crecía la desesperanza, corría y la lluvia por fin cesó, corría y su mente evocó a su esposa y se sintió extraño y un miedo empezó a cobrar vida en él, un miedo parecido al que tuvo el día de su boda. Y escuchó la frase de “felices por siempre” una y otra vez. No era normal que en ese mo- mento llegara a su mente pensamientos anterio- res, el miedo aumentó, ya estaba aterrado y si- guió corriendo a la deriva sin pensar en el sujeto al que perseguía en un inicio. Llegó a escuchar un grito de espanto y luego un pitido intermi- tente que poco a poco sonaba más fuerte y ensor- decedor, corría y mientras cruzaba la pista mo- jada un auto que no puedo frenar lo atropelló. III El momento que más recordaba y amaba era el de su boda. Cuando su esposo falleció sin- tió una gran tristeza y cómo su soledad llegaría a ella como si fuera un monstruo de los que las ma- dres cuentan a sus hijos cuando éstos se no tie- nen buen comportamiento. Su amor eterno fue fugaz y más que efímero. Pensó en lo irónico de la vida y después hizo lo que tenía que hacer; lloró. Fue desgarrador, ya en el entierro saltó al ataúd de su esposo mientras que con llantos pe- día que no se vaya todavía, fueron sus padres quienes la retuvieron. Ese día la lluvia cayó ince- sable nuevamente. No pasó muchos días del entierro cuando ella decidió ir al pueblo de su esposo, pues mu- chas veces él le contó que amaba el lugar donde nació y que si era posible quería que lo enterra- sen ahí. Aunque ella no cumplió con ese deseo quería de algún modo recompensar el pedido. Sin esperar más, viajó: planeaba realizar con pie- dras del lugar una lápida para colocarla en su tumba. Fue complicado encontrar a alguien que cumpliese lo que pedía. Luego de preguntar por las calles, mediante un señor de bastante edad, y