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salir él maldijo. Sin embargo no era lo único que
ellos odiaban, por ejemplo él odiaba que el te-
rreno donde construyeron el primer piso de su
casa sea un regalo de bodas; siempre quiso ga-
narse las cosas con su propio sacrificio y consi-
deraba los regalos costosos como un insulto ha-
cia su orgullo, aun así lo aceptó, mientras que
ella, más que miedo, odiaba que las personas
usaran armas.
La lluvia no calmaba, José con la ayuda de
una chaqueta y un paraguas logró llegar al bus
que lo llevara a su destino, a ese lugar acortado
por cuatro paredes en el que estaría las próximas
8 horas y a que para él no era tan desagradable.
José cerró el paraguas para subir al bus, de-
trás de él apareció un sujeto extraño y aunque él
no era prejuicioso el sujeto le generó descon-
fianza. En el bus, sin contar con el chofer ni el
cobrador, habían cinco pasajeros, José se acercó
al asiento más próximo a la puerta y vio hacia
afuera.
El sujeto tenía los ojos rojos y llevaba un
polo remangado, empezó a contar con una voz
rasposa sobre un accidente ocasionado por no
colocar bien sus pies en un andamio y que eso le
ocasionó un corte que dañó parte de sus órganos,
y cómo subiendo a los buses y con la solidaridad
de las personas ya casi tenía el dinero necesario
para su operación pero aun necesitaba más para
comprar los medicamentos que le iban a pedir y
también para comida; luego levantó su polo y
mostro un bote de sangre pegado con una cinta
a su cuerpo y un tubito que salía de éste y que se
perdía en la faja que el sujeto llevaba puesto.
La lluvia continuaba y el sujeto extraño co-
menzó a pedir colaboración a los pasajeros co-
menzando con el que estaba más lejos de la
puerta y al final se acercó a José, había apenas
recibido dos monedas de los demás pasajeros.
Sacó de su billetera algunas monedas y se los en-
tregó, no creyó en lo que dijo pero quería librarse
del sujeto extraño, después de guardar la bille-
tera en el bolsillo de su saco, tres personas más
entraron al bus, seria por la lluvia que subieron
apresuradamente e hicieron que el sujeto que
aún no avanzaba hacia la salida chocara con
José, éste solo pidió disculpas y salto hacia la sa-
lida. La lluvia comenzaba a parar, ya se notaba
la humedad y el olor a la tierra mojada, él sonrió.
No pasó mucho tiempo para que José bajara del
bus y corriese en busca de la persona que hace
unos instantes quería que se pierda, tenía espe-
ranza de recuperar parte de lo hurtado o por lo
menos que el sujeto haya tirado algún docu-
mento que no le sirviera. Corría y la ciudad era
indiferente, allí la vida continuaba y estaban los
vendedores ambulantes y algunos transeúntes
que lo observaban con extrañeza, corría sin gri-
tar y crecía la desesperanza, corría y la lluvia por
fin cesó, corría y su mente evocó a su esposa y se
sintió extraño y un miedo empezó a cobrar vida
en él, un miedo parecido al que tuvo el día de su
boda. Y escuchó la frase de “felices por siempre”
una y otra vez. No era normal que en ese mo-
mento llegara a su mente pensamientos anterio-
res, el miedo aumentó, ya estaba aterrado y si-
guió corriendo a la deriva sin pensar en el sujeto
al que perseguía en un inicio. Llegó a escuchar
un grito de espanto y luego un pitido intermi-
tente que poco a poco sonaba más fuerte y ensor-
decedor, corría y mientras cruzaba la pista mo-
jada un auto que no puedo frenar lo atropelló.
III
El momento que más recordaba y amaba
era el de su boda. Cuando su esposo falleció sin-
tió una gran tristeza y cómo su soledad llegaría a
ella como si fuera un monstruo de los que las ma-
dres cuentan a sus hijos cuando éstos se no tie-
nen buen comportamiento. Su amor eterno fue
fugaz y más que efímero. Pensó en lo irónico de
la vida y después hizo lo que tenía que hacer;
lloró. Fue desgarrador, ya en el entierro saltó al
ataúd de su esposo mientras que con llantos pe-
día que no se vaya todavía, fueron sus padres
quienes la retuvieron. Ese día la lluvia cayó ince-
sable nuevamente.
No pasó muchos días del entierro cuando
ella decidió ir al pueblo de su esposo, pues mu-
chas veces él le contó que amaba el lugar donde
nació y que si era posible quería que lo enterra-
sen ahí. Aunque ella no cumplió con ese deseo
quería de algún modo recompensar el pedido.
Sin esperar más, viajó: planeaba realizar con pie-
dras del lugar una lápida para colocarla en su
tumba.
Fue complicado encontrar a alguien que
cumpliese lo que pedía. Luego de preguntar por
las calles, mediante un señor de bastante edad, y