LIMASHUM Nº 45 45-LIM-REDES | Page 19

con mucho dinero de por medio, lo logró. La lá- pida no llegó a ser tan pesada. Era hora de regre- sar. El auto demoró en partir originando una pequeña molestia en ella, sin embargo fue insig- nificante pues aún el dolor por la pérdida persis- tía. Recordó el fatídico día en el que su esposo salió de su hogar, recordó sus votos y después la promesa que se hicieron “junto por siempre”. Sintió cómo los músculos de su cuerpo ce- dían ante el pesado viaje, sus ojos se entrecerra- ban, se rindió. Durmió. Observó un lugar con niebla, de ésta salía su esposo sonriendo, no vio nada más, solo se concentró en él, en el rostro que cada vez se acer- caba más a ella y sonrió. Un fuerte golpe hizo que saliera de su crisis delirante y después hubo silencio para que luego observara tinieblas y sin- tiera varios golpes. Soltaba un grito profundo mientras el auto daba vueltas de campana debido a un exceso de velocidad. IV La penumbra aún no consumía la escena entera: el chofer y dos pasajeros más tumbados en el suelo mutilados y ya sin vida al lado de un auto destrozado por el impacto. Cuando ella despertó estaba tirada al lado de otras personas, no lo creía y agradeció por es- tar con vida, observo sus manos y sutilmente tocó su cuerpo, el accidente apenas le hizo per- der el conocimiento, y volvió a agradecer. El auto había caído a un barranco de apro- ximadamente 100 metros, pensó que si llegaba a la carretera algún otro auto podría llevarla a la ciudad. Indiferente, cogió la lápida y subió, no volvió a pensar en el accidente. Quería llegar lo más pronto al cementerio colocar la lápida en su lugar y descansar para luego volver a hacer lo que hizo días anteriores: llorar. Avanzó a pasos largos pues con una pendiente no tan pronun- ciada el camino lo permitía. Ahora su deseo se convertía en miedo y pronto estaría aterrada: 3 personas extrañas empezaban a subir también el barranco hacia la carretera detrás de ella. Antes que ella llegase al pueblo donde mando a construir la lápida, se sentía tranquila, ya había llorado mucho en pocos días y pensó que el recorrido que se planteaba iba a ser diver- tido y seguro pues eso le había dicho él días antes de su muerte, pero ahora apresuraba el paso. Muchas veces sintió que la seguían pero casi siempre era solo un presentimiento así que al gi- rar no pensó que era real. Apresuró el paso y mientras lo hacía un dolor casi sutil debido al ac- cidente comenzó a aumentar para luego volver a desaparecer: sus sentidos se hicieron más pesa- dos pues el miedo llegó a opacar todo tipo de do- lor. No sabía quiénes eran los que la perseguían. Generalmente se diría que el cansancio que surge al querer subir por algún tipo de pendiente haría que por momentos nos ayudemos de las manos y así, como si tuviéramos cuatro patas, seguir avanzando y más aun si la caminata se hace con pasos apresurados, pero en ningún mo- mento ella lo hizo así solo avanzaba rápida- mente dando pasos más largos y sin voltear hacia atrás. Y llegó a la carretera. Volviéndose vio nuevamente aquellos ros- tros y sintió temor, ¿quiénes eran?, ¿porque la se- guían? Apretó la lápida con más fuerza y siguió avanzado, ahora esperando que algún auto se detenga, cuando escuchó un disparo; eran ellos quienes lo hicieron. Llegó el momento en el que no sintió ningún odio por las armas; el temor del momento no lo permitía. A contracorriente ella no se paralizo más aún, empezó a correr. Corrió y de pronto ya estaba frente al cementerio. El ce- menterio estaba vacío, aun no anochecía y las personas que la seguían habían desaparecido, ahora su miedo se convirtió en extrañeza, enten- dió que no estaba tan lejos del lugar pues no de- moró mucho tiempo, respiró y sonrió para luego ir hacia donde estaba su esposo. Llegando co- locó la lápida en el suelo y acomodó las flores que aún estaban vivas. Se vio frente a él y luego tres disparos seguidos, que destruyeron su ca- beza, la hicieron caer. La policía llegó al lugar donde un auto se desbarrancó, dejando a todos los pasajeros muertos. La que más llamo la atención, fue una mujer con la cabeza casi destrozada que abra- zaba una lápida con un epitafio que decía: “jun- tos por siempre”. Página 19