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Los pobladores salen a ayudar, arman un pequeño grupo que se une a la búsqueda, todos gritan
¡Anitaaa! ¡Anitaaa! ¡Anitaaa! y ninguna respuesta.
Habían buscado por todos los lugares excepto el cementerio del pueblo, “es imposible que Anita
haya podido caminar tanto estando a punto de dar a luz”, se decía Robert casi dado por vencido. Un
extraño presentimiento lo invade. Le dice a Félix que lo acompañe, pero Félix algo temeroso, lo anima
a que sigan la búsqueda al día siguiente, con la luz del día, Robert se resiste, la luz de la luna parece ser
su cómplice, al menos deja ver un poco dentro de la oscuridad de la noche.
Robert decide ir solo, no esperaría a que alguien quisiera acompañarlo, se dirige hacia el cemente-
rio y comienza a escuchar ruidos extraños, sonidos de gruñidos. Se acerca temeroso hasta la parte de
dónde venían los sonidos, la luz de la luna era clara, radiante, y debajo de ella se asomaba una figura
rara, algo grande de algún animal. Robert se iba acercando sigilosamente y al lado de esa figura rara,
había otra, era el de una mujer sentada, desnuda, con las piernas abiertas. Era Anita, el escenario no
podía ser más aterrador; ¡Anita! Grito Robert, no podía con su asombro y con su horror, Anita había
parido, y con hambre descomunal, ella y la figura rara devoraban poco a poco a su hijo, Robert sin poder
soportar la escena se desmaya y empieza a convulsionar y nadie lo escucha para ayudarlo. Anita con la
vista fija en el cuerpo de Robert, le dice a la figura rara: más comida.
MICROCUENTO
Raúl A. Poma Sierra
CONTRASTE
M
uy pocas veces se dirigió a ella, no por
miedo sino por el instinto de soledad
y temor que la caracterizaba y que
además la hacía estar orgullosa de ser así. Pero
como cada año llegó nuevamente a recitar una
carta en la que con pocas palabras volvía a agra-
decerle por ser su compañera, confiándole que
estaría ahí cuando más la necesite. Fueron pala-
bras de agradecimiento y nada más. No hubo al-
guna fiesta ni otro acto de celebración, pero ese
día ella se sintió más viva que nunca.
Y fue así como hasta en el lugar donde me-
nos se piensa que existe felicidad, donde solo se
cree que hay tinieblas y odio —pues muchos la
odiaban— pasó un día, más específico aún; un
instante en el que gracias al discurso poco poé-
tico, pero sincero de la guadaña, la muerte cele-
bró un año más de vida.
CONDENA
H
e aquí una conversación no tan típica de
dos amantes:
—¡Qué alegría que estés acá, ya
estabas tardando! —dijo mientras observaba a