LIMASHUM Nº 45 45-LIM-REDES | Page 15

Anita, una joven que recién había cumplido su mayoría de edad, era muy reservada, callada, algo melancólica, se perdía mucho en sus pensamientos, quizás era eso lo que le había enamorado a Robert; esa discreta mirada, llena de tranquilidad y amor, hacía que latiera el corazón del también joven enamo- rado. No pasó más de tres meses y Anita quedó embarazada, Anita cambió de semblante, comenzó a tener una alegría extraña, cantaba mientras hacía los quehaceres de la casa, se ponía a bailar de la nada, hablaba en voz alta mientras acariciaba su barriguita y cocinaba en sus ollas de barro que contenían la comida que saciaría el hambre del cansado Robert. Era otro ambiente, de mucha alegría y paz. Pero ese día mientras Anita cocinaba muy entusiasmada, escuchó unos ruidos raros, como chillidos muy feos, no le agradó nada, pensó que quizá se trataba de algún animal y eso le aterraba, así que cuando Robert regresó a casa después de trabajar, le pidió que asegurara más la casa, y así lo hizo Robert, dejando unos pequeños agujeros en medio de las ventanas para poder ver hacia afuera en caso fuese necesario. Pasaron rápido los meses, y llego la hora del nacimiento. Llamaron a la partera del pueblo y nació el pequeño Franz. El bebé era todo lo contrario a lo que esperaban: abrió inmediatamente los ojos, no lloró, no hizo ruido alguno, aun así, fue la felicidad de Anita y Robert, y el orgullo de él por ser varón. Los pocos pobladores que habitaban el pueblo fueron a conocer al bebé; todos admirados por ser un bebé tan calladito. Epifania, la vecina de más edad del pueblo, advirtió a Anita que mientras no bautizara a su hijo, sahumeara toda su ropita y que, recogiendo todas las hierbas del pueblo hiciera lo mismo con el bebé, y que debajo de su almohada coloque un par de palos en forma de cruz, ya que corría el riesgo de que el diablo, atraído por su inocencia, viniera a quitarle su alma y el bebé moriría. Todos le contaron que al anochecer, los ruidos raros, los chillidos que se escuchaban, venían de unas pequeñas bolas de fuego que se encontraban en medio de la oscuridad. Era el diablo buscando almas, hambriento y enfurecido al no encontrar nada que lo alimentara. Anita no dijo nada, se quedó en silencio y pensativa, Epifania dijo para sí sola: advertida estás. No pasó más de un mes, cuando de repente una mañana Anita despierta a Robert en medio de gritos y desesperación, el pequeño Franz había desaparecido, no se encontraba en el montón de mantitas y pellejos de animales que de cama le servía, Robert enloqueció, abrió la puerta la cual estaba cerrada por dentro, no se explicaban cómo es que habían entrado y se habían llevado al pequeño Franz, la puerta y las ventanas estaban perfectamente cerradas, no había signos de haber sido abiertas. Robert muy desesperado, buscó y buscó, preguntó a todos los pobladores y nadie le dio razón. Anita estaba inconsolable, su mirada perdida, no dejaba de llorar, sus ganas de vivir se fueron. Así pasaron días, semanas y ni rastro del pequeño Franz. Sin poder superar la desaparición del pequeño Franz, ambos tuvieron que regresar a su vida coti- diana, pasaron muchos meses y la herida comenzaba a sanar. Una mañana soleada, Anita le da la noticia a Robert, que había quedado embarazada. La felicidad y la tristeza llegó a ellos, habían perdido uno, pero tenían la esperanza de otro. Para entonces Robert tomaría extremas precauciones, estaba con ella casi en todo momento, pocas veces la dejaba sola, trajo a la partera del pueblo para que la cuidara. Cualquier esfuerzo valía la pena, pasaron los meses y el bebé estaba a días de nacer. Una tarde, cuando Robert llegó del trabajo, encontró a la partera muy mal, ardiendo en fiebre, ella le pidió que la llevara a su casa, que no podía quedarse más tiempo, Robert la entendió y la sacó de su casa para que pudieran atenderla, la veía muy grave. Dejó encerrada a Anita para que nadie pudiera hacerle daño en su ausencia. Cuando regresó a su casa, caída de la noche, apenas y alcanzaba a ver el camino estrecho; si no fuese porque se lo sabía de memoria se habría perdido. Tocó la puerta para que Anita le abra, no encontró respuesta alguna. Se empieza a impacientar, toca la puerta más fuerte, nadie responde, de inmediato corre a buscar ayuda a la casa más cercana que quedaba a casi un kilómetro de la suya. Regresa con Félix y su hijo Pedro, ambos logran derribar la puerta que se encontraba trancado por dentro, no había nadie, la casa apenas se iluminaba por una vela, ni rastros de Anita. Página 15