La loca del teléfono
María y Roberto dieron el sí en el registro civil de la calle Uruguay en el otoño de 1980. Estaban muy contentos, ella muy emocionada y eso que todavía faltaban unos días para casarse por iglesia. Con una pequeña diferencia de meses, los dos habían cumplido veinticuatro años.
Roberto era un muchacho de ojos marrones claros, cabello negro corto que resaltaba en su tez pálida, de amplia sonrisa y muy simpático. María era una chica al igual que Roberto, de aspecto atlético, de grandes ojos negros y mirada profunda; su larga cabellera terminaba en ondulaciones que caían como racimos sobre sus hombros haciendo juego con su aterciopelada tez trigueña, típica morocha argentina.
Roberto trabajaba en la administración de una importante empresa donde tenía la posibilidad de hacer carrera. María era secretaria en un estudio contable, pero era muy cambiante en su estado anímico.
Fueron pasando los días y María comenzó a empeorar, ahora ya con ataques de furia, todo le molestaba. Roberto buscó la manera y el momento para proponerle consultar a un profesional, a lo cual ella se negó. María comenzó a faltar al trabajo, se subía a su flamante Ford Sierra y se iba a los bosques de Palermo; a veces se recostaba en el pasto o se quedaba como dormitando dentro del auto. Cuando Roberto descubrió por casualidad que ella no iba a trabajar, pensó que María lo engañaba con otro hombre. Puso en conocimiento de la situación a sus familiares, también les comentó sobre sus ataques de furia. Para algunos parientes Roberto con veinte años de casado era, o mejor dicho, se había convertido en un venado.
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