EL IMPERIO INCAICO
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cúpulas principales, los rojos tejados, la campiña austera y
callada y las onduladas líneas de los cerros circundantes.
Sostengo por eso que allí quedarían muy en su ambiente
las imágenes de Manco y de OdIo, ocupando el lugar
en que hoy se levanta la gran cruz de piedra.
Como fidelidad histórica (de la muy relativa a que
en este asunto puede aspirarse) la cúspide del Huanacauri,
aventajará seguramente a todos los sitios propuestos: pero
hablar de tal emplazamiento es ocioso y absurdo, por su
lejanía del Cuzco. Lo propio sucede con Matagua y Hua-
naypata de Collasuyo, primeros asientos del supremo clan
incaico en el valle de Huatanay, según el itinerario de la
fábula. La situación en la plaza de Santo Domingo o junto
al beaterio de Ahuacpinta, lugares que también se con-
formarían con los más probables datos, sería deslucidísi-
ma. Habiendo, pues, que apartarse de la cabal adecuación
arqueológica, inasequible casi, quedan para la opción (de-
sechada la Plaza Mayor por su triste aspecto presente, de
muy cara enmienda) la cima del Sacsayhuaman y el anden
de Collcampata; y repito que en el Sacsayhuaman no se-
ría admisible sino un coloso de muchos metros de altura.
Respecto a la fortaleza propiamente dicha, a la vertiente
que no ve el Cuzco, es excusado tratar de ella por esta
razón. Lo único que allí sentaría bien, para el feliz tiem-
po en que pueda el Perú darse el lujo de multiplicar las
estatuas (pero las estatuas buenas, que siempre cuestan
bastante, y no baratas insignificancias o mamarrachos),
sería un Cahuide de bulto.
Para preparar la instalación del monumento en Coll-
campata, juzgo, recordando mis sensaciones de viaje, que
sólo habría que gastar en componer las subidas por las
calles de San Cristóbal, El Purgatorio, Pumapurco y la
Amargura; y al borde de la explanada, construir un simple
parapeto de cantería, macizo, sin vanos ni adornos, que
reñirían con la sobriedad del estilo incaico. Algunas ban-