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JosÉ
DE LA RIVA-AGÜERO
res, compañeros míticos de Manco y caudillos de las tri-
bus incas. En el suelo se ven aún desparramados los cepos
labrados en piedra, instrumentos de castigo, recios testi-
monios de la dura y cruel disciplina, ineludible base de
todo gran imperio. Los muros del fondo, que el pueblo
designa como la Casa de )Wanco Cápac, fueron sin duda
aposentos de varios antiguos reyes de la segunda dinastía.
Las masas ciclópeas que rememoran tan extraordinariamen-
te las primitivas construcciones pelásgicas de Grecia, Etru-
ría y el Lacio, aparecen entre las tupidas arboledas y la
lozana vegetación de una huerta que debería ser parque
municipal. Su actual propietario, un acomodado extran-
jero, le ha impuesto su propio nombre; mas, para felicidad
de este poético rincón, en vez de ser deslustrado por uno
de aquellos obscuros y prosaicos apellidos de la casi to-
talidad de los inmigrantes, la quinta luce el exótico pero
muy gentilicio título ligurio de LomeIlini, legítimamente lle-
vado por el dueño de ella, según mis noticias, linaje émulo
de los de Doria, Spinola y Giustiniani, sonoro nombre
que al instante evoca señoriales palacios y purpurados Du-
ces genoveses, y no indigno por cierto de concurir en tan
histórico paraje. Cuando la Conquista, el último inca que
habitó la mansión de CoIlcampata, fue, con sus hijos, el
príncipe don Cristóbal Paullu, a quien los españoles, des-
pués de la sublevación de Manco JI, reconocieron alguna
sombra de poder imperial. En memoria de su bautismó y
para su entierro, edificó en el ala izquierda de su residen-
cia la iglesia de San Cristóbal, que cierra a occidente la
plaza. De esa iglesia fue cura por varios años, en la cen-
turia siguiente, el célebre Lunarejo I y en la añeja casa pa-
rroquial debemos de suponer que compuso buena parte de
las poesías y los dramas quechuas. Situada Collcampata
en un reborde, a media falda entre la IIanura y la acró-
polis del Sacsayhuaman, de ella como de un mirador se
dominan y señorean el caserío de la ciudad, sus torres y