—¿Y para qué sirven los tesoros si no es para poseerlos? —ironizó Operd.
—Pues se me ocurren un par de cosas. El oro sirve en cuanto es usado. A muchas personas les ayuda a conseguir un fin o un objetivo. No obstante, el dinero no puede comprar lo más importante: la verdadera salud, que viene de dentro, de encontrarse bien con uno mismo, de ser sano en esencia. Tampoco puede comprar el amor, y el amor comienza cuando tú te quieres a ti mismo. El dinero puede transportarte a sitios maravillosos, pero no puede hacerte disfrutar en ellos, eso depende de ti. Si no soportas estar a solas contigo mismo, ¿cómo esperas que los demás estén a gusto a tu lado? El dinero no comprará jamás la verdadera amistad.
»Me preguntas: «¿Qué puedo hacer yo con mi riqueza?». ¿Y qué harías si te dijera: «dónala a los pobres»? —Operd negó rotundamente con la cabeza—. Estás en lo correcto, porque eso sería para ti negarte la riqueza y tú te la mereces. Tú mataste al dragón por conseguirla, es tuya, no tienes por qué darla. Además, para dar, primero debes estar satisfecho. Pero ¿por qué no la disfrutas en ti mismo? ¿Por qué no la usas para curar tu cuerpo, para conocer el mundo, para comer bien, para darte lo que no te has dado a ti mismo? La verdadera riqueza, y no sólo hablo de la espiritual, viene de dentro. Tú tienes todas estas riquezas y, aun así, vives en la miseria. Tienes más riquezas que cualquier soberano, y sin embargo no sabes qué hacer con ellas y las escondes.