—Las escondo porque algún día las podría llegar a necesitar.
—El futuro no existe. Aunque seas inmortal, tu riqueza puede perder valor o ser robada. Lo único que tienes es el ahora… Por eso, yo te pregunto a ti: ¿qué quieres hacer tú con el tesoro que tienes?
—No lo sé —contestó sinceramente el orco, y se quedó pensativo—. Quisiera estar seguro de que siempre tendré riqueza.
—Si la tienes en la mente, no puedes dejar de tener riqueza material. Piénsalo, es lógico. Pero, si te conviertes en esclavo de tu riqueza, entonces la que te posee es ella, y eso te condena.
—Ya sé —dijo con entusiasmo Operd—: quiero ser rey para tener poder sobre los demás y que nadie me robe.
—Está muy bien querer ser rey. Sólo ten en cuenta una cosa: nunca se puede dominar a los demás. Cada ser tiene su propio poder de decisión y, al tratar de dominarlo, únicamente hay dos caminos: la sumisión o la rebelión. Cualquiera de los dos actúa directamente sobre el que lo impone. Al someter a los demás, ellos serán tus súbditos, pero eso no significa que estén de acuerdo contigo ni que, en cuanto puedan liberarse de tu represión, no se rebelen y te derroquen.
—En realidad, no quiero dominar a nadie —reconoció Operd mientras recapacitaba—. Es mucha responsabilidad. La verdad es que no sé qué quiero hacer, nunca me lo había planteado. Vivía al día, tratando de subsistir, de resguardar mi fortuna, y nunca me había parado a pensar en qué era lo que realmente quería hacer.
—¿Pues no crees que es el momento adecuado para hacerlo? ¿Por qué dejar para la eternidad lo que puedes decidir hoy?
—Pensaré en ello —prometió Operd.
El orco cerró el libro y se fue a dormir. Esa noche, en sus sueños, sus padres estaban orgullosos de él.
(continuará)