Libre Fantasía Mayo 2017 | Page 25

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―No te preocupes, Aldo. ¡Encontré la cacerola! Todavía queda algo, pero servirá. ¡Vamos! ¡Bébelo rápido! ―respondió Greg y regresó de entre las rocas sosteniendo la hoya ennegrecida cuidadosamente con ambas manos para no derramar ninguna gota.

―Pero… ¿y tú? Queda para ambos ―dijo Aldo preocupado.

―Yo ya bebí mi parte. ¡Vamos! No hay tiempo

Sin pensarlo, Aldo ingirió la sustancia y gruñó dolorido al sentir que le quemaba las entrañas:

―Ahora podremos llegar a la manada ―comentó Greg emocionado.

Aldo eructó con violencia y suspiró aliviado:

―Lo lograremos ―asintió a su compañero y dejándose llevar, le dio un abrazo afectuoso y sincero. Cerró los ojos y disfrutó sentir su olor, el calor de su cuerpo, el latido frenético de su corazón luego de la batalla. Se miraron a los ojos y, con desesperación, se besaron y estrecharon con fuerza.

―Te extrañé tanto, Aldo. No sabes todo lo que sufrí.

―Yo también te extrañé… pero lo lamento tanto, Greg. Te amo, pero no puedo. No soportaría verte con otra persona ―explicó Aldo apenado mientras le acariciaba la nuca.

Greg se apartó, lo miró a los ojos y se quedó con la boca abierta. Tenía que decirle lo que sentía por él. No había a nadie que amara más en el mundo. Ese era el momento. Si pronunciaba esas dos palabras, sabía que volverían a estar juntos y serían felices como en el pasado. Sin embargo, con desesperación, sufriendo una opresión en el estómago, al imaginarse a su padre decepcionado de su hijo, comprendió que no podía seguir lastimando a Aldo. Era un egoísta.

―Tienes razón… Yo… yo no puedo darte la vida que te mereces ―explicó Greg. Cada palabra le dolió como puñaladas.

Aldo se quedó en silencio, sin poder quitarle la vista de los ojos. Era la separación. El dolor amenazaba con reventar sus ojos. Entonces, sintió que la pulsera lo colmó del odio necesario, tanto que casi le cortaba la circulación de la muñeca. Arrugó el entrecejo y se apartó como si Greg fuera venenoso. Apartó la mirada asqueado.

―Debemos separarnos. Tienes razón. Así será más difícil que nos encuentren.

―Lleva el cofre a la manada. Eres más rápido que yo, siempre lo fuiste ―dijo Greg y, sin mirarlo, le entregó la mochila.

Respirando por la nariz, furioso, sin quitar la vista del suelo, Aldo tomó el bolso y se alejó a toda carrera.