Libre Fantasía Mayo 2017 | Page 24

<<Tengo que decirle lo que siento antes de terminar la misión o lo perderé para siempre. No tengo mucho tiempo>>, se torturaba Greg mientras lo seguía, sin embargo, entre palpitaciones, nervioso, no encontraba las palabras.

Llegaron al puesto vigía del sur, tiempo atrás abandonado. Luego de localizar el lugar por medio del olfato, entre ambos movieron una roca y dejaron al descubierto un pozo. Greg se metió y le alcanzó un baúl de metal, viejo y oxidado, a su acompañante. Dentro, había una cacerola, instrumentos de medición, bidones con líquidos, latas y bolsas de plástico. Al rato, ya la cacerola estaba hirviendo sobre una pequeña hornalla a gas. Mientras los lobos agregaban los ingredientes. Todos sabían preparar aquella poción desde cachorros. Era una especie de vacuna que los protegía en caso de que los ángeles atacaran con su arma más poderosa. Claro que al no poder transformarse en lobos de ojos luminosos, estaban en desventaja ante los pajarracos. Por eso es que debían huir y esconderse todo el tiempo de los ángeles. Mucho más de noche, cuando éstos podían convertirse en seres alados e invocar todos sus poderes.

Al fin, cada uno cargó un vaso con la poción que humeaba como sopa hirviendo. Aldo tomó aire y cerró los ojos. Pero cuando iba a beber, recibió un golpe en la cabeza. Cayó al suelo mareado y se le derramó el vaso. De inmediato, gruñó y miró con odio a sus atacantes. Eran tres sujetos vestidos de túnicas blancas y lentes negros.

―¡Pajarracos inmundos! ―exclamó Greg y, con los puños crispados, bufando, embistió a dos de ellos como un toro furibundo.

Estrujando los dientes de la ira, Aldo se abalanzó contra el restante. Le dio varios golpes violentos en las costillas y una patada en el rostro, haciendo que volaran sus lentes. Los ojos de aquel sujeto eran amarillos y redondos, como los de un pájaro.

Greg recibió un ruidoso golpe en la cara y perdió varios dientes; pero se repuso y de una patada, hizo rodar al ángel ladera abajo. El restante intentó asestarle una trompada. Con los dientes apretados, Greg lo tomó por la espalda y, sin piedad, le dio vuelta la cabeza hasta notar que algo se quebraba. Aun jadeando, se acercó a Aldo que había matado al otro enemigo con una roca, dejándole un tajo sanguinolento en la frente.

―Tiraron la poción ―se lamentó Greg al ver los bidones de cloro y amoniaco rotos y vacíos.

Aldo, entre jadeos, encontró la hornalla aboyada en un rincón.

―¿Tomaste tu ración? ―preguntó Greg preocupado.

―No, justo me atacaron ―respondió Aldo y, debido a la impotencia, estalló la hornalla contra el suelo.

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