Libre Fantasía Mayo 2017 | Page 26

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Greg se quedó donde estaba. Bufó furioso consigo mismo, se había ganado el dolor que estaba padeciendo. Era el único culpable.

Al rato, ya las sombras se habían fusionado en búsqueda de la noche. Estaba tan turbado pensando en Greg que Aldo no advirtió que ya había anochecido. Entonces, preocupado, conteniendo la respiración, levantó la vista y al fin los vio recortándose en el cielo estrellado, como una manada de cuervos carroñeros: los ángeles se aproximaban volando. Seguramente traían su arma, pero a él ya no podía afectarlo. Aunque no le serviría de nada si no lograba esconderse de sus enemigos.

―Pero van hacia Greg…

La muñeca comenzó a arderle. El odio quería controlarlo. Debía salvarse él solo. Pero entonces, gruñó furioso y se arrancó la pulsera, la cual se incendió entre sus dedos.

Por su parte, Greg también vio a los ángeles, como un batallón de bombarderos al ataque, y supo que estaba condenado. Al menos, Aldo se había salvado y llevaba el cofre consigo. Así que suspiró aliviado y sonrió al pensar en su amado. De pronto, se sobresaltó:

―¡Greg! ¡Greg! ―oyó a lo lejos.

El lobo se volteó y divisó a su querido Aldo corriendo hacia él a toda velocidad.

―¡No! ¡Aldo, vete! ―contestó Gregorio pero al ver que había regresado por él, todo cambió y decidió que ya no se escondería. Su padre tendría que aceptar su relación. Era lo que él había elegido. Y al decidir esto, sonrió y, mientras corría hacia Aldo, unas lágrimas de alegría brillaron en sus ojos.

Entonces, los primeros ángeles llegaron y descargaron una lluvia de plumas de plata.

Aldo esquivó las dagas plateadas y se acercó a su amado.

―No podía abandonarte, Greg.

―No debiste volver. ¡Vamos, corre!

Ambos escaparon bajo el bombardeo de plumas metálicas. Sufrieron infinidad de cortes, pero no se detuvieron. Llegaron hasta un acantilado y no tenían forma de cruzar. Tampoco podían regresar. Greg cerró los ojos y, con los brazos caídos, comprendió que estaban atrapados. Entonces, con resolución, tomó a Aldo de las mejillas, lo miró directo a los ojos y entre lágrimas le dijo:

―Te amo, siempre te amé y siempre te voy a amar. Jamás te olvidaré. Ahora debes huir.

―No, escaparemos juntos, Greg. Nadie volverá a separarnos jamás ―respondió Aldo y sonrió, feliz.

―Yo no bebí la poción, Aldo. Estoy condenado, pero voy a luchar por ti ―le explicó Greg entre sollozos mientras le acariciaba el cuello con ternura.

Aldo abrió la boca y las lágrimas explotaron en sus ojos:

―¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ HICISTE ESO? ―profirió furioso mientras lo sacudía de los brazos.