cargados de misterio. Pero sintió un aturdimiento intenso
cuando el autor, un hombre maduro, de unos cincuenta
años, con una apariencia de científico descuidado que se
niega a envejecer, leyó poemas que él mismo escogía de
su libro. Esos poemas son mis palabras, pensó ella, son mi
lengua, son mi imaginación rediviva, el espejo en el fondo
del abismo que me devuelve una imagen que ni siquiera
yo adivinaba. Era la palabra que se metía en sus entrañas
convertida en antorcha y en serpiente.
-Vi cómo me veías cuando estaba leyendo - le dijo el
poeta en el momento en que ella se le acercó para que le
pusiera una dedicación al libro.
-Sentí como si estuvieras interpretando todo lo que yo
hubiera querido decir en todos los años que tengo de
vida- le dijo ella.
- ¿Como si fuera el vocero de tu corazón?
-¡Sí!- exclamó ella.
- Tengo muchos más sólo para tus oídos- le dijo él, con
provocación.
- ¿Más qué?, preguntó ella, siguiendo el juego.
- Más versos- contestó él, mirándola a los ojos - versos
secretos.
Abrió el libro al azar y escribió en el margen blanco de la
página un número.
- Es de mi celular- le dijo él -. Llámame cuando te atrevas, cuando estés lista, y nos vamos por allí a hacer una
fiesta de la palabra, con la palabra.
El poeta tuvo que atender a otros del público que recla38