maban también su firma. Ella se alejó de él con el libro
abrazado sobre su pecho, como si se tratara de un pedazo
de la vida que siempre quiso tener y que ahora se le ofrecía como un regalo intempestivo. Su amiga se le acercó y
le preguntó sobre esa expresión de maravilla que traía en
el rostro. Ella se lo dijo.
- ¿De verdad?- le preguntó su amiga.
- ¡Sí! - exclamó ella-. No sé cómo tomarlo.
- ¿Cómo que no sabes? Tómalo sin dudar y no lo sueltes
porque se te va.
- ¿Qué quieres decir? - le preguntó ella.
- Ay, mujer, es la oportunidad para que salgas de esa prisión en la que te ha metido tu marido, para que vuelvas a
ser tú en toda tu plenitud, o una mujer nueva, que siempre podemos sorprendernos de nosotras mismas.
Fue como una fiebre que la mantuvo en un estado de
inconsciencia parcial. Le parecía que veía a la gente, al
mundo terrenal, desde una niebla que no le pertenecía.
Era una experiencia que disfrutaba mejor durante la
noche, cuando se encerraba en su cuarto a leer y tenía la
oportunidad de dejarse llevar por esa nube que le oprimía el cuerpo y le liberaba los sentidos. Una noche en
que la lluvia se había apoderado del mundo y no dejaba
escuchar sino el estruendo del agua estrellándose contra
los techos y las calles, contra las soledades negras, ella se
atrevió y le envió el mensaje: "Estoy lista". "¿Quién eres?",
fue la respuesta. "Soy a la que le dijiste que eres el vocero
de su corazón". "¿Cuándo te dije eso?" "El viernes de la
semana pasada, en la presentación de tu libro". "Me he
de haber sentido muy solo ese día. Eso hago cuando me
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