dio cuenta que no tenía derecho a manipular desde afuera
su destino y entonces se dedicó a vivir la vida con ellos
como si no tuviera en sus manos los signos y los horizontes de cada quien.
Aquella experiencia intensa, irrenunciable, con la lectura,
la cambió totalmente. Se volvió amable con la gente que
acudía a su oficina a solicitar sus servicios. Para todos
había una sonrisa auténtica que sabía detenerse en la raya
donde podía ser confundida con coquetería. Aprendió a
mirar las cosas que le rodeaban con optimismo y siempre tenía una frase de aliento para los otros, los que se
atrevían a confesarle algún problema. Con su marido no
fue diferente. Se volvió tolerante con sus requerimientos,
como una sirvienta que no protesta ni se queja ante la
carga que se le ha echado encima. Recorría las horas del
día con ese ánimo porque sabía que al llegar la noche la
espera