LETRINA LETRINA #6 Marzo - abril 2013 | Page 34

libro en medio de un suspiro profundo y prolongado. La mujer también tenía derecho a soñar, a imaginarse viviendo una vida diferente, sobre todo cuando la rutina acaba con el amor, o mejor dicho, con el compromiso que se tiene con el marido, y todavía hay mucho que dar desde abajo de la piel. Ella nunca haría lo que al final hizo la Bovary: suicidarse. ¿Pero se atrevería a hacer lo que hizo el personaje de Flaubert: pasar de la imaginación ardiente a la vida pasional con otro, con otros hombres? Como el reo que se pone a dar vueltas en el patio central de la prisión, corriendo hasta sentir que el corazón se le desboca y se le sale por la garganta, y que en esos momentos, al entrar en contacto con el aire, siente la libertad rozando su rostro, elevando sus pies del suelo y del cautiverio, así ella sentía la libertad en la lectura. Devoraba los libros que su compañera le conseguía y hacía suyas todas esas experiencias intensas de vida que se narraban en las novelas. Cada vez que se arrojaba a las páginas del libro se olvidaba de este mundo terrenal, tan lleno de adversidad y de mentiras, y se dedicaba a volar por entre las oleadas frescas y transparentes de esa atmósfera desconocida. Era como navegar hacia otra realidad y vivirla con el espíritu que debería ser suyo pero que había estado agazapado toda su vida. Cuando cerraba el libro y se disponía a dormir, sabía que el sueño habría de ser la continuación natural de la lectura. En efecto, durante el sueño ella era el personaje que siempre quiso ser, y convivía con los personajes de los libros que estaba leyendo. La veían llegar como de otro mundo, y ella les decía que así era, ella llegaba desde este lado de la realidad para decirles lo que les podía pasar si hacían o no tal o cual cosa. Hasta que se 35