libro en medio de un suspiro profundo y prolongado. La
mujer también tenía derecho a soñar, a imaginarse viviendo una vida diferente, sobre todo cuando la rutina acaba
con el amor, o mejor dicho, con el compromiso que se
tiene con el marido, y todavía hay mucho que dar desde
abajo de la piel. Ella nunca haría lo que al final hizo la
Bovary: suicidarse. ¿Pero se atrevería a hacer lo que hizo
el personaje de Flaubert: pasar de la imaginación ardiente
a la vida pasional con otro, con otros hombres?
Como el reo que se pone a dar vueltas en el patio central
de la prisión, corriendo hasta sentir que el corazón se le
desboca y se le sale por la garganta, y que en esos momentos, al entrar en contacto con el aire, siente la libertad
rozando su rostro, elevando sus pies del suelo y del cautiverio, así ella sentía la libertad en la lectura. Devoraba los
libros que su compañera le conseguía y hacía suyas todas
esas experiencias intensas de vida que se narraban en las
novelas. Cada vez que se arrojaba a las páginas del libro se
olvidaba de este mundo terrenal, tan lleno de adversidad
y de mentiras, y se dedicaba a volar por entre las oleadas
frescas y transparentes de esa atmósfera desconocida. Era
como navegar hacia otra realidad y vivirla con el espíritu que debería ser suyo pero que había estado agazapado toda su vida. Cuando cerraba el libro y se disponía a
dormir, sabía que el sueño habría de ser la continuación
natural de la lectura. En efecto, durante el sueño ella era el
personaje que siempre quiso ser, y convivía con los personajes de los libros que estaba leyendo. La veían llegar
como de otro mundo, y ella les decía que así era, ella
llegaba desde este lado de la realidad para decirles lo que
les podía pasar si hacían o no tal o cual cosa. Hasta que se
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