ahogo. Y los calambres en las piernas, como si la sombra
de la muerte se le metiera por los poros y le diera tirones
a los nervios. Y el dolor de cabeza. La cabeza convertida
en una enorme masa de dolor. ¿Cómo iba a pensar siquiera en ella como en la mujer hermosa y firme que todavía
era si su propio cuerpo estaba experimentando cambios
que lo enfermaban? Hasta que ella lo convenció de ir al
doctor para que lo examinaran, para que le dieran esa
información que no ha dejado de provocarle angustia.
Insuficiencia renal. Sus riñones habían perdido la capacidad de limpiar la sangre de todas las impurezas que la
contaminaban, sobre todo los residuos de potasio y urea,
y las toxinas. Todos esos desperdicios que se le quedaban
en el cuerpo y lo enfermaban, lo enervaban, lo convertían
en un organismo desahuciado. La probabilidad de un
trasplante de riñón era tan remota que él decidió dejarse
morir. Fue cuando le dijeron que tenía la otra opción: la
hemodiálisis. Una máquina sustituyendo la función de los
riñones durante tres horas tres días a la semana.
Ella lo llevaba en el auto, se lo entregaba a las enfermeras
y volvía a casa para regresar por él a las ocho de la noche.
En el trayecto de ida el silencio era una roca que los aplastaba sin ningún miramiento. Y de regreso a casa él se convertía en una lagartija que se retorcía en su asiento hasta
que podía arrojarse a su cama y refugiarse entre las cobijas. Cada uno tenía su habitación, de manera que dormían separados. Ella se acostaba temprano y terminó por
sustituir a su marido con la lectura. Todo empezó por una
novela que le prestó una compañera de trabajo: Madame
Bovary de Gustave Flaubert. La obra la mantuvo despierta
toda la noche, hasta que llegó a la última página y cerró el
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