LETRINA LETRINA #6 Marzo - abril 2013 | Page 33

ahogo. Y los calambres en las piernas, como si la sombra de la muerte se le metiera por los poros y le diera tirones a los nervios. Y el dolor de cabeza. La cabeza convertida en una enorme masa de dolor. ¿Cómo iba a pensar siquiera en ella como en la mujer hermosa y firme que todavía era si su propio cuerpo estaba experimentando cambios que lo enfermaban? Hasta que ella lo convenció de ir al doctor para que lo examinaran, para que le dieran esa información que no ha dejado de provocarle angustia. Insuficiencia renal. Sus riñones habían perdido la capacidad de limpiar la sangre de todas las impurezas que la contaminaban, sobre todo los residuos de potasio y urea, y las toxinas. Todos esos desperdicios que se le quedaban en el cuerpo y lo enfermaban, lo enervaban, lo convertían en un organismo desahuciado. La probabilidad de un trasplante de riñón era tan remota que él decidió dejarse morir. Fue cuando le dijeron que tenía la otra opción: la hemodiálisis. Una máquina sustituyendo la función de los riñones durante tres horas tres días a la semana. Ella lo llevaba en el auto, se lo entregaba a las enfermeras y volvía a casa para regresar por él a las ocho de la noche. En el trayecto de ida el silencio era una roca que los aplastaba sin ningún miramiento. Y de regreso a casa él se convertía en una lagartija que se retorcía en su asiento hasta que podía arrojarse a su cama y refugiarse entre las cobijas. Cada uno tenía su habitación, de manera que dormían separados. Ella se acostaba temprano y terminó por sustituir a su marido con la lectura. Todo empezó por una novela que le prestó una compañera de trabajo: Madame Bovary de Gustave Flaubert. La obra la mantuvo despierta toda la noche, hasta que llegó a la última página y cerró el 34