sobremesa o en cualquier otro momento del día, de los
días que empezaban a tener la lentitud y la pesadez de la
resignación.
Una noche, de pronto, él se dio la vuelta sobre la cama
y le ofreció su espalda ancha y desnuda, desolada como
un trozo rojo del desierto. Ella lo esperaba con su cuerpo
convertido en árbol frondoso, abierto y verde como una
promesa refrescada por la lluvia. En medio de los dos
comenzó a florecer el vacío, ese