La máquina roja
Ramón Guzmán Ramos
Profesor de Secundaria y del Colegio de Bachilleres del Estado de
Michoacán.
Tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes; tres
horas cada vez, de las cinco de la tarde a las ocho de la
noche. Ella tenía que llevarlo en el auto hasta el hospital,
donde lo esperaban los de blanco para conectarlo a la máquina que le limpiaba la sangre. Era como un ritual que se
hacía mecánicamente y con los tiempos precisos. Ella salía de su trabajo a las tres de la tarde y llegaba a calentar la
comida que había dejado preparada desde el día anterior.
Su esposo tenía tres años que se había jubilado y ya no
hacía otra cosa sino dedicarse a su hortaliza familiar. Ella
resentía aún que él se hubiera apoderado de su jardín para
convertirlo en terreno de cultivo. Pero se resignó porque
pensó que si su esposo recién jubilado no tenía alguna actividad para entretenerse acabaría por morirse del mal del
ocio. A la hora de la comida se sentaban ellos dos y el hijo
de veinte años que les quedaba soltero. El hijo comía lo
más rápido que le era posible y se retiraba a su habitación,
cerraba la puerta con seguro por dentro y se conectaba
a otra máquina, la del ciberespacio. Ella intentó desde el
principio, cuando el nefrólogo les confirmó el diagnóstico
y les informó sobre el tratamiento, de convertir la enfermedad de su esposo en un asunto también familiar, un
tema que pudiera tratarse con naturalidad a la hora de la
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