como un vómito de vagabundo para formar un pedazo
de carne colgante, sangrante, olvidado por los años, mascullado por los gritos y los reclamos de toda una vida de
lucha. Tomó su pene entre las manos y lo apretó hasta
formarlo un haz de luz, un relámpago, y lo arrancó sin titubeos. Luego sus piernas y sus muslos, los músculos y los
cartílagos y… gritó una vez más pidiendo que volviera,
que regresara a él. Porque no podía estar sin el ensueño
de su cuerpo, sin toda la mentira de su existencia.
Arrancó finalmente la piel de sus pies hasta dejar sólo
unas ligeras tiras de carne cayéndole en los huesos: se
afirmó para sí mismo el final de todo. Porque todo estaba
realmente perdido. Él jamás podría ser nada parecido a
una doncella de la muerte, ni ella un musculoso espartano. Todo estaba perdido. Se miró un segundo en el espejo
y contempló su rostro sin carne: seguía siendo el rostro de
un hombre condenado. Se echó a llorar hasta que los ojos
le saltaron del cráneo y rodaron hasta cubrirse de sangre
y volverse todo rojo. Rojo. Y se derrumbó en su aniquilamiento. Unos instantes antes de entregarse, las imágenes
de una vieja cena se presentaron a su muerte. Había niños, y la mesa estaba puesta y todos sostenían una vela en
la mano y cantaban en latín. Y todo estaba oscuro, y qué
va, todo se borró como si se lo hubiera llevado la marea.
Entonces la puerta del cuarto se abrió lentamente.
—Volviste.
Se escuchó en el aire, y un soplo de tinieblas convirtió los
huesos en ceniza.
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