LETRINA LETRINA #6 Marzo - abril 2013 | Page 29

hasta dejar su cabeza como una llaga sanguinolenta. Se arrancó la ropa y lloró hasta romperse el cuello. Y es que no había nada mejor que sus pechos viejos, que su aliento pasado de cigarro y cerveza gratis en el bar de la esquina. No había nada mejor que verla dentro de sus pantalones de cuero negro y sonreírle al sol; pensar en su cabello lamentable, pestilente, rodeándole el rostro flácido y arrugado, pero suyo al fin, tremendamente suyo, como la vieja cama en la que se acuesta todos los días; así de suyo era ese cuerpo, ese aliento de muerte. Y no podía aceptar que estuviera afuera, en el mundo, lejos de ella, de su miedo, de su fractura; no podía aceptar perderla. Rompió todos los espejos del hotel con los puños y con un trozo afilado se cortó las venas de los brazos. La sangre le escurrió por entre los dedos como si fueran lágrimas, y con ellas dibujó un círculo alrededor de su cuerpo. Gritó al cielo con un grito de hembra herida, de madre martirizada y se derrumbó sobre su llanto. Se arrancó la piel de los brazos y de la cara, para quedar limpia de ella, quedar limpia de su tacto, de todos los códigos inscritos como cicatrices; y se metió las manos en el vientre y sacó metros y metros de vísceras que arrojó por todo el cuarto, y que terminaron colgando del ventilador o del marco de las persianas; y toda la sangre formó un gran charco negro, por donde ella quería mandar todo a la chingada, quería olvidarse de todas las sonrisas, de todas las palabras a media luz del olvido, (como debajo del sueño) como esas palabras extrañas que hablan los muertos en las noches lluviosas; y metió sus manos hasta sus piernas, hasta su sexo, que de pronto explotaba como un volcán rabioso, explotaba con la furia de los niños masacrados, explotaba 30