hasta dejar su cabeza como una llaga sanguinolenta. Se
arrancó la ropa y lloró hasta romperse el cuello. Y es que
no había nada mejor que sus pechos viejos, que su aliento
pasado de cigarro y cerveza gratis en el bar de la esquina.
No había nada mejor que verla dentro de sus pantalones
de cuero negro y sonreírle al sol; pensar en su cabello lamentable, pestilente, rodeándole el rostro flácido y arrugado, pero suyo al fin, tremendamente suyo, como la vieja
cama en la que se acuesta todos los días; así de suyo era
ese cuerpo, ese aliento de muerte. Y no podía aceptar que
estuviera afuera, en el mundo, lejos de ella, de su miedo,
de su fractura; no podía aceptar perderla.
Rompió todos los espejos del hotel con los puños y con
un trozo afilado se cortó las venas de los brazos. La sangre
le escurrió por entre los dedos como si fueran lágrimas, y
con ellas dibujó un círculo alrededor de su cuerpo. Gritó
al cielo con un grito de hembra herida, de madre martirizada y se derrumbó sobre su llanto. Se arrancó la piel de
los brazos y de la cara, para quedar limpia de ella, quedar
limpia de su tacto, de todos los códigos inscritos como cicatrices; y se metió las manos en el vientre y sacó metros
y metros de vísceras que arrojó por todo el cuarto, y que
terminaron colgando del ventilador o del marco de las
persianas; y toda la sangre formó un gran charco negro,
por donde ella quería mandar todo a la chingada, quería
olvidarse de todas las sonrisas, de todas las palabras a
media luz del olvido, (como debajo del sueño) como esas
palabras extrañas que hablan los muertos en las noches
lluviosas; y metió sus manos hasta sus piernas, hasta su
sexo, que de pronto explotaba como un volcán rabioso,
explotaba con la furia de los niños masacrados, explotaba
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