Y Dea se paró del suelo y se sentó en la cama y se prendió un cigarrillo. Porque ya nada servía. Ya nada podía
acercarlas a esa llama, a ese espacio incendiario
de
deseo; ya nada podía tenerlas juntas sin empezar a decir o pensar pendejadas. Y ella le
cruzó los brazos por encima de los pechos.
—Te necesito.
—Yo no.
Se acostaron a la cama y las dos se habían
dado cuenta de que era la última. Y Dea le
pasó el cigarrillo y pensaron en morirse.
Y se levantó de la cama y la sangre le salía
del culo y le escurría por los muslos, y ya no
podía hacer nada sino imaginar, imaginar
el futuro sola, enfrentada a la miseria y a la
soledad como una mascota en una tienda
viendo un par de niños del otro lado de un
cristal. Sabía que ya no eran jóvenes, que ya
había pasado su tiempo. Sabía que las dos estaban condenadas, en fin, sabía que era la última
vez, por eso lloraba en el baño, en silencio.
Se limpió con la toalla y se puso los calzones. El azulejo del baño estaba fr