LETRINA LETRINA #6 Marzo - abril 2013 | Page 27

sexo era igual de insoportable; el sexo carnoso y caliente se había enfriado, se había vuelto torpe, absurdo, como si no le perteneciera a nadie. Y en efecto encontró que el objeto que la penetraba estaba hecho de plástico y que estaba sostenido por un cinturón: un cinturón que ella conocía bien, porque era el que ella misma había comprado para jugar con sus amigas, para no echar en falta la verga ni los anillos rotos. Supo que era la última vez, entonces se echó a llorar como una niña perdida en el supermercado y las manos, que ya estaban lejos de ser las de un coloso y eran más bien las de una madre menopáusica, le soltaron las nalgas. El Coloso, vuelto a su espacio, vuelto a su inminencia despedaza, otra vez mujer, le sopló en el oído que no pasaba nada, que todo iba a estar bien… pero el eco de todas las desgracias sonaba en esa voz telepática, en esa voz oscura y perdida en las horas de silencio. Y Dea lloró hasta sentirse joven de nuevo, y pidió que ya no más, que ya estaba suave de tanto estarla chingando, y gritó para que la desamarrara de la cama, y ella aceptó, terriblemente empequeñecida, como dueña de su miseria. Dea le miró los pechos arrugados y caídos como dos higos maduros, pudriéndose en un jardín que nadie visita, y extrañó al Coloso, extrañó palidecer ante la fuerza de un espectro inmóvil, irrazonable, capaz de asesinarla, de arrancarle las tripas, de beberse su sangre. —¿Hice algo mal? –preguntó ella, completamente desconcertada. —Me desgarraste. 28