sexo era igual de insoportable; el sexo carnoso y caliente
se había enfriado, se había vuelto torpe, absurdo,
como si no le perteneciera a nadie. Y en efecto
encontró que el objeto que la penetraba estaba
hecho de plástico y que estaba sostenido por un
cinturón: un cinturón que ella conocía bien, porque era el que ella misma había comprado para
jugar con sus amigas, para no echar en falta la
verga ni los anillos rotos. Supo que era la última
vez, entonces se echó a llorar como una niña
perdida en el supermercado y las manos, que ya
estaban lejos de ser las de un coloso y eran más bien
las de una madre menopáusica, le soltaron las nalgas.
El Coloso, vuelto a su espacio, vuelto a su inminencia despedaza, otra vez mujer, le sopló en el oído que no
pasaba nada, que todo iba a estar bien… pero el eco de
todas las desgracias sonaba en esa voz telepática, en esa
voz oscura y perdida en las horas de silencio. Y Dea lloró
hasta sentirse joven de nuevo, y pidió que ya no más, que
ya estaba suave de tanto estarla chingando, y gritó para
que la desamarrara de la cama, y ella aceptó, terriblemente empequeñecida, como dueña de su miseria. Dea
le miró los pechos arrugados y caídos como dos higos
maduros, pudriéndose en un jardín que nadie visita, y
extrañó al Coloso, extrañó palidecer ante la fuerza de
un espectro inmóvil, irrazonable, capaz de asesinarla, de
arrancarle las tripas, de beberse su sangre.
—¿Hice algo mal? –preguntó ella, completamente desconcertada.
—Me desgarraste.
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