condenaba a estar dentro de su cuerpo, a estar esclavizada
a sí misma; porque ella era esclava, estaba abandonada al
poder del Coloso; porque no soportaba ser dueña de ella
misma se entregaba al sueño del hombre que venía con su
cigarro y sus manos de fuego a penetrarla cada que caía
la luna llena, o cada que el mar se alzaba en contra de la
inocencia.
Le golpeó el rostro y la hizo caer al suelo. No gritó, no
podía ni pensar en gritar, en cometer una falta, en no
complacer la voluntad que sobre ella se imponía, no
podía plantearlo siquiera, estaba fuera del acuerdo, fuera de toda verdad; pero cuando el Coloso la tomó de los
cabellos y la arrastró hasta el marco de la cama, entonces
gritó, pidió perdón y pidió piedad, pero el Coloso estaba
sordo, él era pura acción, pura roca viva. Con el cable de
la televisión la amarró a la cama y le pateó las nalgas, le
partió la carne con el cinturón hasta que gritó; y ella se
desplomó como un saco de huesos sobre el suelo helado.
Y se había venido. El Coloso la tomó del cuello y le abrió
el culo, entró sin dificultad aunque Dea tuvo que ceder de
manera extraordinaria, dilatándose hasta su centro, para
no romperse.
Pero ella lo sabía, a pesar de todo ésa iba a ser la última,
ella lo supo cuando las manos del Coloso se iban enfriando y de pronto se tornaban en unas manos enjutas
y tibias, luego unas manos de esqueleto que la tomaban
del trasero y que estaban totalmente frías; lo supo cuando
volteó a mirarlo y su mirada de roca se había extinguido y
se había erguido sobre él una sombra anónima y un velo
de tristeza, de piedad sin nombre; aunque el embate de su
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