Azul claro
Edgar Fernández,
Egresado de la Facultad de Lengua y Literaturas Hispánicas.
Del lado izquierdo, ahora del derecho. No puedes dormir;
pasan los segundos, sientes como resbalan por tu piel uno a
uno y tú sólo das vueltas en la cama. Pareciera que las sábanas
rasparan tu espalda. Justo han pasado nueve meses y apenas
lo estás asimilando, lo estás entendiendo, lo estás sufriendo;
todo el día pensando en lo mismo, recordando lo mismo. Los
zancudos dejan marcas en tu cuerpo y tú no lo adviertes. Te
sientas y bebes un poco de agua, ves esa agua de ese vaso de
cristal, ves esa maldita agua azul claro. La odias. Rompes el
vaso en tus manos. Gritas. Temes.
Al sol ya no le falta mucho para terminar su recorrido diario
y poco a poco la gente deja vacía la playa hasta que sólo están
tú y ella. Estás leyendo sentado en la arena, por momentos
dejas tu lectura para ver como se divierte como una niña cada
vez que las olas chocan contra su cuerpo y la tiran en la arena
mientras ríe feliz. Y desde ahí, donde está, te grita que vayas a
su lado. Tú sonríes tenuemente y haces un ademán de no tener
ganas. Ves el mar y luego la ves a ella, ves sus ojos, y es que, a
pesar de la distancia los puedes apreciar y te sorprende darte
cuenta que son iguales. El mar y sus ojos. Que son lo mismo.
El mismo color, la misma profundidad, la misma calma, esa
calma que de un momento a otro se transforma en una horrible tempestad. Esos ojos hermosos, transparentes, azul claro,
que son el adorno ideal para su piel morena, suave, cálida, que
te atrajo desde el primer momento. Piensas que es la combinación perfecta: ternura y sensualidad.
Vuelves al libro; estás bien, estás feliz, qué podría pasar. La
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