LETRINA LETRINA #4 Noviembre - diciembre 2012 | Página 32

Muriendo en un hospital, 28 días equivalen a un año viviendo afuera. Ya es otro día, te despierta el aleteo de las palomas y comienzas a hacer cuentas para recordar qué fecha es hoy. Domingo 23 de septiembre. Entraste aquí un domingo 26 de agosto. Al medio día en La Alameda te disponías a buscar una banca con algún hueco donde sentarte a ver gente fluir. Así solías trabajar tu sonrisa: le daban forma las caras que flotaban como globos azules de gas, las manos entrelazadas de los enamorados, los pechos de las mujeres que brillaban al roce de una flor, los pasos torpes de los hombres borrachos, la luz que salía de los cabellos de alguna extranjera, las bocas que se inflaban con los algodones de azúcar. Ese día, domingo 26 de agosto, no encontraste un lugar para sentarte. Tú eras el lugar sobre el que se había sentado ya tu rara enfermedad. Entonces sólo caíste, de costado, y viste pasos fluir hacia un cielo negro. “¿Quiere ver todavía a la gente de allá afuera?” Te pregunta el mismo enfermero de ayer mientras se asoma a la ventana y notas que esta vez no se detiene; lo ves buscando algo, animoso. Te mira sonriente arqueando sus pobladísimas cejas, saca de su bata un espejo circular del tamaño de un sombrero, acerca su cabeza a la tuya mirando hacia el techo y sostiene el espejo con sus dos manos dándole una leve inclinación. “¿Lo ve? Allí están las personas”. Ahora tú te quedas detenida entre el tiempo del espejo y el tiempo de la ventana, detenida entre dos vidrios, en medio de un rebotar de luces mientras ves el fluir de gente diminuta sobre el espejo, recorriendo una calle humedecida por las lluvias de septiembre; pero es un fluir lejano y frío, contrario al de la gente en La Alameda.