Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | Page 89
—Tú podrás a algunos hombres, ¿verdad, Moñigo?
Todavía Roque no había vapuleado al músico en la romería. El Moñigo sonrió con
suficiencia. Después aclaró:
—Claro que puedo a muchos hombres. Hay muchos hombres que no tienen más
cosa dura en el cuerpo que los huesos y el pellejo.
Al Tiñoso se le redondeaban los ojos de admiración. El Mochuelo se recostó
plácidamente sobre el montón
de heno, sintiendo a su lado la consoladora protección de Roque. Aquella amistad
era una sólida garantía por más que su madre, la Guindilla mayor y las Lepóridas
se empeñasen en considerar la compañía de Roque, el Moñigo, como un mal
necesario.
Pero la tertulia de aquella tarde acabó donde acababan siempre aquellas tertulias
en el pajar de la quesería los días lluviosos: en una competencia. Roque se
remangó el pantalón izquierdo y mostró un círculo de piel arrugada y débil:
—Mirad qué forma tiene hoy la cicatriz; parece una coneja.
El Mochuelo y el Tiñoso se inclinaron sobre la pierna del amigo y asintieron:
—Es cierto; parece una coneja.
A Daniel, el Mochuelo, le contristó el rumbo que tomaba la conversación. Sabía
que aquellos prolegómenos degenerarían en una controversia sobre cicatrices. Y
lo que más abochornaba a Daniel, el Mochuelo, a los ocho años, era no tener en
el cuerpo ni una sola cicatriz que poder parangonar con las de sus amigos. Él
hubiera dado diez años de vida por tener en la carne una buena cicatriz. La
carencia de ella le hacía pensar que era menos hombre que sus compañeros que
poseían varias cicatrices en el cuerpo. Esta sospecha le imbuía un nebuloso
sentimiento de inferioridad que le desazonaba. En realidad, no era suya la culpa
de tener mejor encarnadura que el Moñigo y el Tiñoso y de que las frecuentes
heridas se le cerrasen sin dejar rastro, pero el Mochuelo no lo entendía así, y
para él suponía una desgracia tener el cuerpo todo liso, sin una mala arruga. Un
hombre sin cicatriz era, a su ver, como una niña buena y obediente. Él no quería
una cicatriz de guerra, ni ninguna gollería: se conformaba con una cicatriz
de accidente o de lo que fuese, pero una cicatriz.
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