Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | 页面 90
La historia de la cicatriz de Roque, el Moñigo, se la sabían de memoria. Había
ocurrido cinco años atrás, durante la guerra. Daniel, el Mochuelo, apenas se
acordaba de la guerra. Tan sólo tenía una vaga idea de haber oído zumbar los
aviones por encima de su cabeza y del estampido seco, demoledor, de las bombas
al estallar en los prados. Cuando la aviación sobrevolaba el valle, el pueblo entero
corría a refugiarse en el bosque: las madres agarradas a sus hijos y los padres
apaleando al ganado remiso hasta abrirle las carnes.
En aquellos días, la Sara huía a los bosques llevando de la mano a Roque, el Moñigo.
Pero éste no sentía tampoco temor de los aviones, ni de las bombas. Corría porque
veía correr a todos y porque le divertía pasar el tiempo tontamente, todos
reunidos en el bosque, acampados allí, con el ganado y los enseres, como una
cuadrilla de gitanos. Roque, el Moñigo, tenía entonces seis años.
Al principio, las campanas de la iglesia avisaban del cese del peligro con tres
repiques graves y dos agudos. Más tarde, se llevaron las campanas para fundirlas,
y en el pueblo estuvieron sin campanas hasta que concluida la guerra, regaló una
nueva don Antonino, el marqués. Hubo ese día una fiesta sonada en el valle, como
homenaje del pueblo al donante. Hablaron el señor cura y el alcalde, que entonces
era Antonio, el Buche. Al final, don Antonino, el marqués, dio las gracias a todos
y le temblaba la voz al hacerlo. Total nada, que don José y el alcalde emplearon
media hora cada uno para dar las gracias a don Antonino, el marqués, por la
campana, y don Antonino, el marqués, habló durante otra media hora larga, sólo
para devolver las gracias que acababan de darle. Resultó todo demasiado cordial,
discreto y comedido.
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