Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | Page 116
Y corrieron los dos juntos, dando saltos, hacia el lugar señalado. El milano aún se retorcía
en los postreros espasmos de la muerte. Y medía más de dos metros de envergadura.
De regreso a casa, Daniel, el Mochuelo, le dijo a su padre:
—Padre, ¿crees que me quedará señal? Apenas le hizo caso
el quesero:
—Nada, eso se cierra bien.
Daniel, el Mochuelo, casi tenía lágrimas en los ojos.
—Pero... pero, ¿no me quedará nada de cicatriz?
—Por supuesto, eso no es nada —repitió, desganado, su padre.
Daniel, el Mochuelo, tuvo que pensar en otra cosa para no ponerse a llorar. De pronto,
el quesero le detuvo cogiéndole por el cuello:
—Oye, a tu madre ni una palabra, ¿entiendes? No hables de eso si quieres volver de
caza conmigo, ¿de acuerdo?
Al Mochuelo le agradó ahora sentirse cómplice de su padre.
—De acuerdo —dijo.
Al día siguiente, el quesero marchó a la ciudad con el milano muerto y regresó por la
tarde. Sin cambiarse de ropa agarró al Gran Duque, lo encerró en la jaula y se fue a La
Cullera, una aldea próxima.
Por la noche, después de la cena, puso cinco billetes de ciensobre la mesa.
—Oye —dijo a su mujer—. Ahí tienes el rendimiento del Gran Duque. No era un huésped
de lujo como verás. Cuatrocientas me ha dado el cura de La Cullera por él y cien en la
ciudad la Junta contra Animales Dañinos por tumbar al milano.
La madre de Daniel no dijo nada. Su marido siempre había sido obstinado y terco para
defender su postura. Y él no lo ocultaba tampoco: "Desde el día de mi boda, siempre me
ha gustado quedar encima de mi mujer".
Y luego se reía, se reía con gruesas carcajadas, él sabría por qué.
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