Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | Page 115

momento comprendió que su padre le había pegado un tiro. —Me has dado —dijo tímidamente. El quesero se detuvo en seco; su entusiasmo se enfrió instantáneamente. Al aproximarse a él casi lloraba de rabia. —¿Ha sido mucho, hijo? ¿Ha sido mucho? —inquirió, excitado. Por unos segundos, el quesero lo vio todo negro, el cielo, la tierra y todo negro. Sus ahorros concienzudos y su vida sórdida dejaron, por un instante, de tener dimensión y sentido. ¿Qué podía hacer él si había matado a su hijo, si su hijo ya no podía progresar? Mas, al acercarse, se disiparon sus oscuros presentimientos. Ya a su lado, soltó una áspera carcajada nerviosa y se puso a hacer cómicos aspavientos. —Ah, no es nada, no es nada —dijo—. Creí que era otra cosa. Un rebote. ¿Te duele, te duele? Ja, ja, ja. Es sólo un perdigón. No le agradó a Daniel, el Mochuelo, este menosprecio de su herida. Pequeño o grande, aquello era un tiro. Y con la lengua notaba un bultito por dentro de la mejilla. Era el perdigón y el perdigón era de cuarta. Casi una bala, una bala pequeñita. —Ahora me duele poco. Lo tengo como dormido. Antes sí me dolió —dijo. Sangraba. La cabeza de su padre se desplazó nuevamente al milano abatido. Lo del chico no tenía importancia. —¿Le viste caer, Daniel? ¿Viste el muy ladino cómo quiso rehacerse después del primer tiro? —preguntó. Se contagió Daniel, el Mochuelo, del expansivo entusiasmo de su padre. —Claro que le vi, padre. Ha caído ahí —dijo el Mochuelo. 115