Leemos el camino segundo A Los chicos leemos El camino versión 2 B con introd | Page 102
—¿Te... te importa enseñarme de cerca el muñón, Manco?
Quino adelantaba el brazo, sonriente:
—Al contrario —decía.
Los tres niños, animados por la amable concesión del Manco, miraban y remiraban
la incompleta extremidad, lo sobaban, introducían las uñas sucias por las
hendiduras de la carne, se hacían uno a otro indicaciones y, al fin, dejaban el
muñón sobre la mesa de piedra como si se tratara de un objeto ya inútil.
La Mariuca, la niña, se crió con leche de cabra y el mismo Quino le preparó los
biberones hasta que cumplió el año. Cuando la abuela materna le insinuó una vez
que ella podía hacerse cargo de la niña, Quino, el Manco, lo tomó tan a pecho y
se irritó de tal modo que él y su suegra ya no volvieron a dirigirse la palabra. En
el pueblo aseguraban que Quino había prometido a la difunta no dejar a la
criatura en manos ajenas aunque tuviera que criarla en los propios pechos. Esto
le parecía a Daniel, el Mochuelo, una evidente exageración.
A la Mariuca—uca, como la llamaban en el pueblo para indicar que era una
consecuencia de la Mariuca difunta, la querían todos a excepción de Daniel, el
Mochuelo. Era una niña de ojos azules, con los cabellos dorados y la parte
superior del rostro tachonado de pecas. Daniel, el Mochuelo, conoció a la niña
muy pronto, tanto que el primer recuerdo de ella se desvanecía en su memoria.
Luego sí, recordaba a la Mariuca—uca, todavía una cosita de cuatro años,
rondando los días de fiesta por las proximidades de la quesería.
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